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martes, 15 de septiembre de 2026

LA LUCHA CONTRA EL FRANCÉS (IV): LA BATALLA DE LOS CASTILLEJOS

 

LA LUCHA CONTRA EL FRANCÉS (IV):  LA BATALLA DE LOS CASTILLEJOS

 

Juan Carlos Sánchez Corralejo

 

El 20 de enero de 1811 tuvo lugar un nuevo enfrentamiento entre las fuerzas españolas y las tropas francesas de Víctor-Urbain Rémond en el espacio comprendido entre Gibraleón y Trigueros. La acción se saldó con la victoria española y obligó a las fuerzas francesas a retirarse hacia Rociana y Bonares, desde donde se replegaron posteriormente hasta la plaza fortificada de Niebla.[1]

 Ese repliegue hacia Niebla evidencia el valor estratégico que había adquirido el territorio del Condado y del Andévalo occidental, escenario poco después de uno de los episodios militares más destacados de la Guerra de la Independencia en tierras onubenses: la denominada batalla de los Castillejos.

 La acción enfrentó a las tropas españolas dirigidas por el general Francisco Ballesteros con las fuerzas francesas mandadas por los generales Gazan y Rémond. El combate tuvo lugar el 25 de enero de 1811, en el marco de la campaña emprendida por el mariscal Soult en Extremadura y Andalucía. Según la reconstrucción de la campaña, Ballesteros maniobró desde Extremadura hacia el Condado de Niebla con el propósito de amenazar las posiciones francesas y aproximarse al área de Sevilla. Soult ordenó, entonces, a la división de Gazan interceptar a las tropas españolas. Tras una sucesión de desplazamientos y repliegues, las tropas de Ballesteros se situaron en el entorno de Villanueva de los Castillejos y El Almendro, donde finalmente se produjo el enfrentamiento.

Según la reconstrucción decimonónica del conde de Toreno, la batalla de los Castillejos se caracterizó por la firme resistencia de las fuerzas de Ballesteros frente al ataque de las tropas francesas mandadas por Gazan y Rémond. Ballesteros dispuso entre 3.000 y 4.000 infantes en dos alturas dominantes y situó unos 700 jinetes en el flanco derecho, formando la caballería en buena parte por veteranos procedentes de la división que había llevado desde Asturias en 1809. El ejército español, organizado en dos líneas, mantuvo sus posiciones durante todo el día y hasta la llegada de la noche, causando importantes pérdidas al enemigo. Finalmente, Ballesteros ordenó una retirada escalonada y ordenada, alcanzó Sanlúcar de Guadiana y cruzó el río sin ser hostigado.[2]

 

Según la reconstrucción de Toscano, Villegas y Suardíaz, a mediados de enero de 1811 Ballesteros, perseguido por las tropas de Gazan desde Extremadura, se dirigió hacia el Andévalo, mientras que Francisco Copons acudió desde Villanueva de los Castillejos para auxiliarlo. El 23 de enero ambas fuerzas españolas confluyeron en Villanueva, donde Ballesteros asumió el mando del Ejército del Condado. Entretanto, Gazan concentró unos 7.000 hombres, incluidos efectivos procedentes de Niebla, y avanzó desde Gibraleón hacia Castillejos el día 25, acompañado por los generales Maransin y Pépin y apoyado por artillería.

 

La defensa española se organizó en dos líneas: varias compañías de tiradores ocuparon la sierra de la Sierpe y el cerro del Majadal Alto, mientras la segunda línea se estableció en torno al Pie del Castillo, con la caballería situada en el flanco. Gazan planteó un ataque envolvente y simultáneo: Maransin presionó frontalmente sobre Villanueva, mientras Pépin intentaba envolver las posiciones españolas y Rémond, con caballería e infantería, amenazaba la retaguardia. Tras varias horas de resistencia, las fuerzas francesas consiguieron penetrar en las posiciones españolas y ocupar los pueblos. Ballesteros, sin embargo, no sufrió una destrucción completa de su ejército: al caer la noche emprendió una retirada hacia el oeste y a las once sus tropas estaban cruzando el Guadiana por Sanlúcar.[3]

 El resultado de la batalla ha sido objeto de diferentes interpretaciones. Las fuentes francesas presentaron el combate como una victoria inapelable, mientras que las españolas tendieron a interpretarlo como una retirada ordenada de Ballesteros, que habría permitido conservar el grueso de sus fuerzas y evitar su destrucción.

 

Esta divergencia entre las versiones ha ahondado en el debate historiográfico. Frente a Toreno, que presenta la acción como «bastante gloriosa» y destaca la firmeza de Ballesteros, el análisis actualizado de Mira Toscano, Villegas Martín y Suardíaz Figuereo ofrece una interpretación más matizada. Aunque consideran que el resultado militar fue favorable a los franceses, porque Gazan logró desalojar las posiciones españolas, cuestionan que pueda hablarse de una victoria indiscutible o decisiva. La resistencia española, pese a la notable superioridad numérica enemiga, ocasionó a la división de Gazan un revés considerable y retrasó sus operaciones hacia Badajoz. Por su parte, Ballesteros conservó buena parte de sus fuerzas y continuó sus operaciones. Los autores estiman, además, que las pérdidas fueron probablemente más equilibradas de lo que sugieren las fuentes propagandísticas, en torno al millar de bajas por cada bando, y sitúan a Castillejos en el contexto más amplio de la campaña de Extremadura y de la estrategia francesa en el suroeste peninsular.

Según los testimonios coetáneos recogidos para la campaña, los franceses sufrieron numerosas bajas en Castillejos; soldados pertenecientes a la guarnición de Moguer llegaron a afirmar que había desaparecido casi la mitad de los granaderos que habían participado en la acción

 

Aunque Castillejos no fue una gran batalla campal comparable a Bailén o Talavera, su importancia debe valorarse en relación con el conjunto de las operaciones militares desarrolladas en el occidente andaluz. La acción contribuyó a reforzar el prestigio militar de Ballesteros y puso de manifiesto las dificultades de las tropas francesas para mantener un control efectivo sobre el Condado de Niebla y el Andévalo occidental. Asimismo, permitió mantener activa la presencia militar española en esta zona y dificultó la consolidación del dominio francés en el suroeste peninsular.

 


 Fuente: Rafael Pardo Almudi (https://www.rafaelpardoalmudi.com/LScastillejos_1.html)

 LA GAZETA DE LA REGENCIA DE ESPAÑA E INDIAS: INFORMACIÓN, RUMORES Y PROPAGANDA DURANTE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

 

La Gazeta de la Regencia de España e Indias constituye una fuente de especial interés para el estudio de la Guerra de la Independencia, no solo por su carácter oficial, sino también porque permite aproximarse a los mecanismos de producción y transmisión de la información en tiempo de guerra. Publicada en Cádiz bajo la autoridad de la Regencia, recogía partes militares, comunicaciones oficiales y noticias procedentes de distintos territorios, proporcionando datos de gran valor para reconstruir movimientos de tropas, enfrentamientos y acontecimientos locales. Sin embargo, sus informaciones no fueron siempre igualmente fiables: junto a noticias contrastadas convivieron rumores, versiones incompletas y errores, difundidos en un contexto marcado por la incertidumbre. A ello se añadía una evidente función propagandística, orientada a mantener la moral de la población y presentar favorablemente la actuación de las fuerzas españolas. Su valor histórico reside precisamente en esta doble condición.

 Un ejemplo significativo lo ofrece la noticia publicada tras la batalla de los Castillejos sobre la supuesta muerte del general Mouron y del duque de Arenberg. La Gazeta recogía el 3 de febrero una información procedente de Huelva en los siguientes términos:

      «Huelva 3 de febrero. Un asistente del general Mouron, conocido por el de los bigotes, ha asegurado que este y el duque de Aremberg fueron heridos en el ataque de los Castillejos el 25 del pasado, y que ambos han muerto de resultas en Cumbres Baxas. Los franceses de la guarnición de Moguer dicen, que de los granaderos que salieron no ha vuelto la mitad».[4]

 La noticia no procede de un parte militar oficial, sino del testimonio atribuido a un asistente del general Mouron y de los comentarios de los franceses de la guarnición de Moguer. La Gazeta incorpora así informaciones de procedencia diversa que podían llegar de forma fragmentaria y cuyo grado de fiabilidad resultaba difícil de determinar. En este caso, además, una parte de la información era errónea. Próspero Luis de Arenberg, coronel del regimiento Chevau-Légers d’Arenberg, no murió en Castillejos ni tampoco en Cumbres Bajas (actual municipio de Cumbres de San Bartolomé). Fue gravemente herido y hecho prisionero por las fuerzas británicas en la batalla de Arroyo dos Molinos (Cáceres), el 28 de octubre de 1811, permaneció cautivo en Inglaterra hasta 1814 y falleció en febrero de 1861 a los 75 años de edad. La noticia constituye, por tanto, un ejemplo de rumor de guerra incorporado a un medio oficial, pero también de la dificultad de separar, en un contexto bélico, la información fidedigna de las noticias transmitidas oralmente y de las versiones interesadas.

 

EL FUERTE DE ENCINASOLA

 La batalla de los Castillejos debe entenderse como parte de una campaña más amplia, marcada por continuos desplazamientos, ocupaciones y repliegues, en la que el control de posiciones estratégicas como Encinasola, Zalamea, El Cerro y los principales puntos del Condado resultaba esencial para asegurar las comunicaciones y mantener la capacidad de maniobra de los ejércitos.

 

En las semanas siguientes continuaron las operaciones militares. En este contexto, el fuerte de Encinasola adquirió especial importancia por su proximidad a la frontera portuguesa y su posición en las comunicaciones entre el Andévalo y la sierra onubense, convirtiéndose en un punto de apoyo para los movimientos de tropas y la vigilancia de las vías de penetración desde Portugal.

 

El 1 de febrero de 1811, las tropas francesas de Gazan avanzaron hacia Extremadura y tomaron por capitulación el antiguo torreón de Encinasola, defendido por un destacamento español..

 


Toma francesa del fuerte San Juan. Cerro de la Horca (Encinasola).11 de febrero de 1811. (Recreación digital).

 Al no contar con un gran ejército regular en el pueblo, los habitantes y una pequeña guarnición española se atrincheraron y se hicieron fuertes en los baluartes de San Juan y San Felipe. La tradición local habla de que después de diez días de asedio, tras superar las defensas perimetrales exteriores, el 11 de febrero de 1811, los franceses lograron penetrar y tomar el control del complejo defensivo del cerro de la Horca, neutralizando temporalmente la resistencia armada que usaba el fortín como escudo. La plataforma superior de la torre circular albergaba de forma permanente dos o tres cañones de grueso calibre. La artillería de los fuertes fue desmontada, inutilizada y enterrada en la afueras de la población.[5]

Tras asegurar la plaza, Gazan prosiguió su avance hacia Fregenal de la Sierra y Jerez de los Caballeros, en un contexto de constante movilidad de los ejércitos y acciones de hostigamiento.[6] La retirada francesa tampoco estabilizó la situación. Mientras la caballería española permanecía en Zalamea y los Húsares de Castilla en El Cerro, alrededor de un millar de soldados franceses volvieron a ocupar Encinasola, mostrando el carácter cambiante del control territorial durante la campaña.[7]

La división de Gazan quedó posteriormente distribuida por distintas posiciones del sur de Extremadura —Jerez de los Caballeros, Fregenal, Bodonal y Oliva—, mientras las fuerzas españolas mantenían efectivos en diversos puntos del territorio onubense. La Gazeta de la Regencia recoge estos movimientos y la toma del Fuerte Grande de Encinasola:

   

     «Por su parte, la división de Gazan que peleó en Castillejos, está en Xerez, Fregenal, Bodonal y Oliva. — El fuerte grande de Encinasola se entregó el 1 del corriente, quedando prisionera la guarnición. Los enemigos empezaron desde luego á demoler los fuertes, pero al día siguiente se fueron sin verificarlo. Un cuerpo de caballería española estaba el 2 en Zalamea, y los húsares de Castilla en el Cerro. — Los franceses, en número de mil, han vuelto a entrar en Encinasola».[8]

Estos partes permiten seguir la situación militar en el suroeste peninsular tras la batalla de los Castillejos y muestran la rapidez con que circulaban las noticias sobre los movimientos de las tropas y las bajas de ambos contendientes. Junto a las informaciones sobre los supuestos fallecimientos de Mouron y Arenberg, recogen la dispersión de la división de Gazan, la ocupación y posterior recuperación de Encinasola y la presencia de tropas españolas en distintos puntos del Andévalo. Su contenido refleja el carácter provisional y a menudo impreciso de las noticias de guerra difundidas en aquellos momentos.

 



[1]  Mira Toscano, A., Villegas Martín, J. y Suardíaz Figuereo, A. La batalla de Castillejos y la Guerra de Independencia en el Andévalo occidental. Huelva: Diputación Provincial. Servicio de Publicaciones, 2010, p. 94.

[2] Conde de Toreno. Historia del levantamiento, Guerra y Revolucion de España, tomo IV. Madrid: Imprenta de Tomas Jordán, 1835, p. 23.

[3] Mira Toscano, A.; Villegas Martín, J. y Suardíaz Figuereo, A. La batalla de Castillejos …, Capítulo IV: «25 de enero de 1811: La Batalla de Castillejos», pp. 101-119.

[4] Gazeta de la Regencia de España e Indias, núm. 22, 19 de febrero de 1811, p. 173. Huelva, 3 de febrero. «Noticia de la muerte del General Mouron y el Duque de Aremberg en el ataque de los Castillejos».

[5] Parte de ella se recuperó y sirvió de soporte a las barandillas del Paseo Chico. (Romero García, Javier, «Fuerte de San Juan», Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH), Patrimonio Inmueble, registro 19778).

[6] Conde de Toreno, Historia del levantamiento…, p. 23; Menguiano Romero, María Teresa, La Guerra de la Independencia en la Sierra de Huelva. Huelva: Diputación Provincial de Huelva, 2018.

[7] A. Mira Toscano, J. Villegas Martín y A. Suardíaz Figuereo, La batalla de Castillejos…, pp. 123-150.

[8] Gazeta de la Regencia de España e Indias, núm. 22, de 19 de febrero de 1811, página 173. Aroche, 6 de febrero. «La división que peleó en Castillejos se encuentra en Jerez, Frenegal, Badonal y Oliva. Se han demolido los fuertes. Los franceses han entrado en Escinasola».

sábado, 12 de septiembre de 2026

VALVERDE DEL CAMINO Y LA LUCHA CONTRA EL FRANCÉS (III). Bajo la sombra de Blas de Aranza: ¿Imposibilidad, fatalidad o connivencia con los franceses?

 

VALVERDE DEL CAMINO Y LA LUCHA CONTRA EL FRANCÉS (III). Bajo la sombra de Blas de Aranza: ¿Imposibilidad, fatalidad o connivencia con los franceses? 

 

Juan Carlos Sánchez Corralejo

 

La Guerra de la Independencia situó a Valverde del Camino en una posición especialmente difícil, obligada a sostener una doble presión fiscal y material tanto por parte de las autoridades españolas como de las francesas. Su ubicación estratégica la convirtió en un territorio muy apetecible a nivel militar.

Manuel Gómez del Valle aclara que Valverde no sufrió una ocupación continua de las tropas imperiales, pero manifiesta que esa situación intermedia implicaba que tanto las autoridades galas como las españolas estaban en disposición de reclamar dinero y suministros para mantener el esfuerzo bélico. No se trató de un fenómeno aislado. En las poblaciones cercanas (Calañas, Zalamea, Aroche o Aracena) la situación fue similar o, al menos, parecida. Este contexto provocó un fuerte desgaste económico y social en la población, afectando directamente a agricultores, ganaderos y al propio pósito municipal, que tuvieron que soportar continuas contribuciones en un contexto de guerra e inestabilidad.[1]

 Las nuevas autoridades francesas intentan imponer su dominio sobre el territorio valverdeño.  Muchas de las requisitorias proceden de Blas de Aranza y Doyle (1753–1813), destacado afrancesado, quien antes de la invasión napoleónica ocupaba altos cargos como Intendente General en Cataluña. En 1810 José I lo nombró Intendente General y Comisario Regio de Sevilla, convirtiéndolo en el principal responsable civil de la administración josefina en Andalucía occidental. Entre sus funciones estaban organizar la recaudación de impuestos y contribuciones extraordinarias, la supervisión de la administración local y el abastecimiento de las tropas imperiales.

 

Aranza justificaba la presencia francesa y responsabilizaba a la resistencia española de prolongar la guerra y los sufrimientos de la población española. Su discurso seguía la línea oficial josefina: la colaboración con José I traería orden y estabilidad, mientras que la resistencia solo provocaría destrucción y miseria. La pacificación se veía como la condición indispensable para la modernización del país, basada en la mejora de la administración y la puesta en marcha de un programa reformista inspirado en la Ilustración. Naturalmente, ello chocaba frontalmente con la interpretación patriótica dominante, que entendía la resistencia como una guerra de liberación nacional[2]. José I era presentado como rey legítimo tras las Abdicaciones de Bayona. El régimen josefino prometía racionalizar Hacienda, justicia, administración provincial y eliminar privilegios. Para funcionarios como Aranza estos objetivos podían justificar la colaboración[3].

 Blas de Aranza personifica la contradicción central del afrancesamiento: el hecho de ser un reformista ilustrado desde la perspectiva administrativa, pero también uno de los responsables directos de la extracción de recursos que soportaron las comunidades andaluzas durante la ocupación napoleónica.[4]

 


Battle of Seville (también conocida como Batalla del Puente de Triana), por William Heath.  27 de agosto de 1812. Plaza del Altoano.












Retrato del intendente Blas de Aranza y Doyle (1753–1813: Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jordi

 

Durante su estancia en Sevilla, Blas de Aranza desempeñó un papel activo en la requisa de bienes y la recaudación de fondos para el sostenimiento del ejército imperial francés. El 15 de marzo de 1810 ordenó al pósito municipal de Valverde del Camino satisfacer un repartimiento de 5.304 reales, que debían ingresarse en la Tesorería del Ejército en Sevilla a cambio de un simple recibo[5]. El 6 de abril remitió una nueva orden al ayuntamiento por la que disponía que los oficiales retirados que hubiesen jurado fidelidad a José Napoleón recibieran una ración diaria de pan, carne, vino y legumbres hasta que “confirmados sus destinos permitan las circunstancias se les abone el sueldo que corresponda[6]”. La ración debía consistir en 28 onzas de pan, 12 de carne, una de menestra fina —o dos si era basta— y un cuartillo de vino. Por su parte, los sargentos, cabos y soldados que hubiesen obtenido «la gracia de dispersos» debían percibir la ración íntegra de pan.[7]

 Veinte días después, otra vez, Blas de Aranza volvía a remitir una orden, mostrando su descontento porque los suministros que debían ser entregados al ejército francés no habían sido facilitados. Concretamente se reclamaba la mitad del trigo de los labradores; todo el trigo de trajinantes y de la Real Hacienda; el trigo de los diezmos, noveno, tercias reales y casas secuestradas; la cebada y otras semillas requisadas; la mitad de los carneros; la tercera parte de las reses vacunas, excepto los bueyes de arada y las vacas paridas y preñadas.[8]

 


                                            Tropas francesas en Valverde del Camino (Recreación digital)

  

UNA GUERRA FINANCIADA POR LOS MUNICIPIOS: LA MENGUA DE LOS BIENES DE PROPIOS

Valverde tuvo que proporcionar alojamiento, víveres, bagajes, caballerías, dinero y asistencia hospitalaria a los ejércitos en campaña. La población quedó sometida a una doble fiscalidad de guerra, obligada a atender simultáneamente las exigencias de las tropas francesas y de las fuerzas patriotas. Cuando los ingresos ordinarios resultaron insuficientes, el cabildo recurrió a la venta de bienes de propios y comunales, un patrimonio acumulado durante siglos. El caso de Valverde muestra cómo la guerra no solo provocó destrucción y sufrimiento, sino que transformó de forma duradera la economía local y la estructura de la propiedad.

 El 22 de abril de 1810 el cabildo acordó vender en pública subasta varios bienes municipales para hacer frente a las exigencias económicas de la guerra. Entre ellos figuraban una accesoria de las casas capitulares, varias viviendas pertenecientes al Monte de Piedad, sitas junto al Hospital de la Misericordia, y diversas dependencias del pósito. Aunque las propiedades habían sido previamente tasadas, la competencia entre los postores elevó notablemente los precios. La accesoria de las casas capitulares, valorada en 5.000 reales, fue adquirida por Francisco Duque por 6.600; Diego González Gerardo compró otra vivienda por 3.100 reales y Francisco Yanes adquirió dos inmuebles del pósito por 7.900 y 7.450 reales. De este modo, el Ayuntamiento obtuvo 25.050 reales, muy por encima de los 14.500 previstos.

 

La insuficiencia de estos recursos obligó a sacar también a subasta 90 fanegas de tierras de labor. Tasadas por Francisco Vázquez Mesurado y José Manuel Aloya y divididas en distintos lotes, las fincas se adjudicaron mediante pago al contado. La mayor parte fue adquirida por un reducido grupo de compradores, entre los que destacaron Cristóbal de la Cruz Moreno, José Manuel Moya — a través de testaferros— y el párroco Gregorio Díaz Bermejo. Aunque algunas parcelas se remataron por debajo de su tasación, lo habitual fue que las pujas incrementaran su valor, permitiendo al cabildo recaudar 25.160 reales. La concentración de las adquisiciones en pocas manos y el uso de intermediarios revelan el inicio de un proceso de acumulación de la propiedad.

 Las necesidades financieras, sin embargo, persistieron. En octubre se pusieron en venta otros trece lotes, con una superficie cercana a las 150 fanegas y una tasación superior a 38.000 reales. Aunque se desconocen los resultados, todo indica que la operación fue igualmente rentable. Más significativa fue la subasta celebrada en diciembre, cuando veintiocho suertes de tierra, valoradas en 42.213 reales, alcanzaron un remate de 107.275 reales. En esta ocasión participaron veintidós compradores, lo que dio lugar a una distribución de la propiedad más diversificada que en las ventas anteriores. Pese al éxito recaudatorio, la presión económica continuó siendo tan intensa que durante 1811 el Ayuntamiento siguió enajenando tierras, edificios y solares municipales, obteniendo nuevamente ingresos muy superiores a las tasaciones iniciales.[9]

 Aunque el objetivo inmediato era obtener recursos para sostener la guerra, las subastas transformaron gradualmente la estructura de la propiedad al concentrar las tierras municipales en manos de un reducido grupo de compradores con capacidad económica. Entre ellos figuraban destacados propietarios y el párroco de la villa, lo que muestra cómo las élites locales aprovecharon las oportunidades creadas por la crisis. El recurso de José Manuel Moya a testaferros sugiere, además, una estrategia para ocultar la concentración de adquisiciones o sortear las limitaciones impuestas por la subasta.

 

 

Fecha

Comprador

 

Bien adquirido

Importe (reales)

Observaciones

23 de abril de 1810

Francisco Duque

 

Accesoria de las casas capitulares

6.600

Tasada en 5.000 reales, la puja elevó el precio un 32 %.

24 de abril de 1810

Diego González Gerardo

 

Vivienda de los Montes de Piedad

3.100

Adquirió una de las casas próximas al Hospital de la Misericordia.

29 de abril de 1810

Francisco Yanes

 

Dos inmuebles del pósito (accesoria del pósito y accesoria-bodega de la calle de Arriba)

7.900 + 7.450 = 15.350

Fue el mayor comprador de inmuebles en la primera subasta.

22 de julio de 1810

Cristóbal de la Cruz Moreno

 

Cuatro lotes de tierras (22 fanegas)

6.250

Adquirió cuatro de los once lotes subastados, siendo el principal comprador de esta venta.

22 de julio de 1810

José Manuel Moya

 

Dos lotes de tierras (16 fanegas)

4.750

Compró mediante los testaferros Blas Martín Moya y Blas Moya, indicio de una estrategia de concentración de la propiedad.

22 de julio de 1810

Gregorio Díaz Bermejo (párroco)

 

Tres lotes de tierras (20 fanegas)

6.110

Las adquisiciones se realizaron mediante José Bernal de los Santos. Destaca la participación del clero entre los compradores.

22 de julio de 1810

José de la Cruz Romero

 

Un lote de tierras (20 fanegas)

3.800

Compró el lote de mayor extensión de la subasta de julio.

2 de diciembre de 1810

Francisco Mesurado

 

Dos suertes (16 fanegas)

14.700

Mayor desembolso individual de la subasta de diciembre.

2 de diciembre de 1810

José de la Cruz

 

Cuatro suertes (20 fanegas)

12.000

Uno de los principales compradores de la subasta.

2 de diciembre de 1810

Diego Díaz Vara

 

Dos suertes (21 fanegas)

11.400

Segundo mayor desembolso de la subasta de diciembre.

2 de diciembre de 1810

José Macías

 

Cuatro suertes (18 fanegas)

10.250

Adquirió cuatro lotes, figurando entre los principales compradores.

2 de diciembre de 1810

Veintidós compradores

 

28 suertes de tierra

107.275 (total de la subasta)

La participación fue mucho más amplia que en las ventas anteriores, favoreciendo una mayor diversificación de las adjudicaciones.

 

Tabla 1.  Principales compradores de bienes de propios en las subastas de 1810. Fuente: Manuel Gómez del Valle, Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812). Elaboración propia

 

 LA DEFENESTRACIÓN DE LOS ALCALDES DE VALVERDE  

 A mediados de julio, una columna de unos 2.000 hombres, junto con la División de Arenberg, volvió a ocupar Zalamea la Real. Desde allí se exigieron raciones al vecindario de Calañas para abastecer a las tropas. El contingente permaneció en la localidad hasta el día 22, fecha en la que reanudó su marcha hacia Sevilla.[10]

 

El 2 de septiembre de 1810, las fuerzas francesas, que se encontraban en Valverde,  salieron  hacia Beas[11], pero antes las máximas autoridades valverdeñas fueron defenestradas, pues en la noche  de la partida de los franceses, fueron apresados los alcaldes ordinarios José Bernal de los Santos y Blas Martin Moya por orden de Francisco Copons y Navia, jefe del ejército español del Condado, y conducidos a Ayamonte[12]. Manuel Gómez del Valle intuye que, o bien no fueron partidarios declarados del nuevo monarca, o que, al menos, sí tuvieron un comportamiento colaborativo con la soldadesca que acababa de abandonar la villa y afirma que, aunque Valverde no fue una población en la que los franceses se asentaron de forma permanente, recibieron de estos igualmente la orden de crear una Guardia Cívica en el mes de abril, siguiendo el mismo dictamen que el resto de poblaciones[13]. La detención de las máximas autoridades locales tras la salida de las tropas francesas sugiere que existieron sospechas de colaboración o, al menos, de cooperación obligada con el ocupante.

 Pero, como ha señalado Jean-René Aymes, conviene distinguir entre el afrancesamiento ideológico y las múltiples formas de colaboración administrativa desarrolladas por las autoridades locales para garantizar la continuidad institucional bajo la ocupación francesa. Desde esta perspectiva, numerosos ayuntamientos no actuaron movidos por convicciones josefinas, sino por la necesidad de asegurar la supervivencia del gobierno municipal en un contexto de continuos cambios militares[14].  En 1810 coexistían dos poderes, el josefino y el de las Juntas y la Regencia. Las autoridades municipales quedaban atrapadas entre ambos. Si obedecían a uno, eran sospechosas para el otro.  Ese fue el gran drama político de muchos municipios. La actuación de Francisco Copons tuvo un fuerte componente ejemplarizante.

 

LA PRESIÓN SE EXTIENDE 

 Las exigencias de ambos contendientes eran constantes. Los primeros días de septiembre, los franceses situados en Niebla, Moguer y San Juan del Puerto, piden la entrega constante de granos, reses vacunas y víveres, al igual que las divisiones españolas al mando del general Ballesteros.  En Valverde los granos estaban casi totalmente agotados y las reses eran diariamente exigidas por ambos ejércitos. El cabildo se vio en la obligación de imponer contribuciones a los vecinos, los cuales estaban ya arruinados en muchos casos.

 Los hacendados de Valverde son convocados para hacer un repartimiento entre ellos de 200.000 reales para la compra de reses a razón de 500 reales por cabeza y 650 para los bueyes.  Algunos de esos hacendados fueron Pedro Sánchez Palanco el mayor, Francisco Martín Duque, José García Ramírez, Gregorio de Mora, Fernando G. Santos, Gerónimo Carrero, José de la Cruz Romero, Domingo Gómez, Juan Pérez Bando, José Matías, Pedro Martín Vizcaíno (casado con Gregoria Díaz Vara)  y Manuel José Ramírez[15].

 

Manuel Gómez de Valle afirma que a fines de 1810, parte de las tropas que habían ocupado Zalamea la Real el 8 diciembre, abandonaron esta localidad al poco tiempo y emprendieron el camino hacia Valverde, reclamando a su paso una contribución que debió ser muy importante, aunque se desconozca su cantidad exacta.[16]

 LA SUBLEVACION DE CALAÑAS

 El 5 de enero de 1811, la población de Calañas se sublevó contra las propias tropas españolas. La mera existencia de la sublevación pone de manifiesto cómo el creciente malestar popular podía dirigirse también contra las propias autoridades patriotas cuando las exigencias militares comprometían la supervivencia económica de las poblaciones.

 Gómez de Valle establece como detonante probable la enorme presión fiscal y la entrada en el vecindario de la partida de Cazadores del Condado para pedir suministros. Los calañeses detuvieron a su comandante. Tras meses de contribuciones, requisas y obligadas ventas de bienes, la llegada de nuevas partidas militares podía desencadenar una reacción colectiva. La sublevación de Calañas constituye un buen ejemplo de ese límite. Los mandos españoles para finiquitar aquel motín, enviaron al Batallón de Balbastro reforzado con las compañías de granaderos y tiradores del 2º de Sevilla[17]. Ello indica a las claras que los mandos españoles consideraron el motín un asunto muy grave.  Era una amenaza para la disciplina militar, el necesario abastecimiento del ejército y la autoridad de las juntas provinciales de defensa. Pero si ejército español necesitaba recursos, los vecinos necesitaban sobrevivir. Cuando ambos intereses chocaban, aparecían conflictos como éste.

 Este episodio puede interpretarse a la luz de un concepto que la historiografía reciente ha desarrollado con fuerza: la "fatiga de guerra" (war weariness). No toda protesta popular durante la Guerra de la Independencia respondía a opciones políticas, sino solo a la necesidad de supervivencia cotidiana, que, a veces, terminaba prevaleciendo sobre las lealtades ideológicas

 

 DE VUELTAS CON EL SARGENTO CANTARET

 Según Manuel Gómez del Valle, los imperiales tardaron un par de meses en volver a Valverde del Camino, hacia finales de febrero y primeros días de marzo de 1811, procedentes  de la zona del Condado, para realizar varias correrías[18]. Esta sucesión de ocupaciones y contraocupaciones convirtió a localidades como Calañas y Valverde en escenarios permanentes de extracción de recursos, sin que la población pudiera disfrutar de un período de recuperación económica.

 Según señala la tradición valverdeña, durante la celebración de las cruces de mayo, fue asesinado el sargento francés Cantaret en la villa por intentar sobrepasarse con una joven local. El hermano de esta, que contemplaba la escena, fue quien mató al susodicho soldado. Desde entonces, el lugar sería ocupado por una cruz que recibió el nombre de Cruz del Cantarero, que Gómez de Valle sitúa erróneamente en la Calle Real de Abajo. El mismo autor considera que si esta historia fuera cierta, los acontecimientos se habrían producido en una de las entradas de tropas francesas que debieron producirse en la primavera del año 1811.[19]

 


Asesinato del sargento Cantaret (Recreación digital)

 El principal interés histórico de este relato no radica en demostrar la muerte de un supuesto sargento francés, sino en explicar cómo se construyó la memoria colectiva de la Guerra de la Independencia. La narración presenta al francés como símbolo del invasor y agresor, mientras que la joven representa a la comunidad local y su hermano encarna la defensa del honor y de la patria. La muerte del soldado adquiere así un valor simbólico, más que estrictamente histórico, como expresión de la victoria moral sobre el ocupante. La Cruz del Cantarero contribuyó a fijar esta interpretación durante generaciones.

 

La tradición oral constituye, por ello, una valiosa fuente para estudiar la construcción de la identidad colectiva y , permite comprender cómo la sociedad valverdeña interpretó la ocupación francesa y convirtió la resistencia al invasor en uno de los pilares de su memoria histórica.

 

 

 

 

 



[1] Gómez del Valle., Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812) Repercusiones en las provincias de Huelva y Sevilla. 2019, 89-92. Tesis doctoral dirigida por José Leonardo Ruiz Sánchez. Recoge un detallado  estudio de este proceso.

[2], Coll Coll, Ana María, “Transitando entre la guerra, la pluma y la nobleza a través de intendentes del despotismo ilustrado español”, Revista de Historia Moderna, [S.l.], n. 38, p. 80-111, oct. 2020.

[3] Para profundizar sobre el movimiento afrancesado y traar de conocer la lógica política del colaboracionismo y cómo los afrancesados justificaban su actuación, vid. Coll Coll, Ana M., 2020. Rújula, Pedro, “La lógica del afrancesado: mediación, colaboración y traición en la vida de Agustín de Quinto”, Ayer, 95 (2014). Moliner Prada, Antonio, “La España josefina: los afrancesados”, Revista de Historia Militar, 52, 1 (2008).  Ministerio de Defensa.

[4] Vid. Coll Coll, Ana M., 2020.

[5] AMV, leg. 29. Actas Capitulares de . Carta de Fernando de Carbia a los Señores de la Junta del Pósito, Sevilla, 15 de marzo de 1810.

[6] AMV, leg. 29. Actas Capitulares, Carta de Blas de Aranza a las Justicias de Valverde, Sevilla, 6 de abril de 1810. Gómez del Valle., Andalucía durante la ocupación francesa, p. 84

[7] Ibídem.

[8] AMV, leg. 64. Disposiciones, Carta de Blas de Aranza a las Justicias de Valverde, Sevilla, 26 de abril de 1810. Gómez del Valle., Andalucía durante la ocupación francesa, p. 84

 

[9] Gómez del Valle en su tesis doctoral Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812), recoge un detallado estudio de este proceso.

[10] Manuel Gómez del Valle, M. 2019, 64.

[11] Ibáñez, José, “Diario de las Operaciones de la División del Condado de Niebla, que mandó el Mariscal de campo D. Francisco de Copons y Navia, desde el día 14 de abril de 1810, que tomó el mando, hasta el 14 de enero de 1811, que pasó este general al 3º Ejército”, en El Mariscal Copons y la defensa del territorio onubense en 1810-1811.  Universidad de Huelva, 2011, p. 81.

[12] AMV, leg. 29. Actas Capitulares. Cabildo de 8 de septiembre de 1810, (f. 1v).

[13] AMV, leg. 29. Actas Capitulares. Carta de Blas de Aranza a las Justicias de Valverde, Sevilla, 6 de abril de 1810. Recogido por Gómez del Valle, M., 2019, 82.

[14]  Aymes, Jean-René ,“Francia y la Guerra de la Independencia en 1808 (de Bailén a Chamartín): la información y la acción». Revista de Historia Militar, año XLIX, núm. extraordinario III (2005): 285-311

[15] AMV, Actas Capitulares, Legajo 29. Cabildo de 8 de septiembre de 1810, [f. 1v-2r]. Recogido por Manuel Gómez del Valle, M. 2019, 86.

[16] Peña Guerrero, María Antonia, ob. cit., 2000, p. 50.

[17] Mira Toscano, A , Villegas Martín, J. y Suardíaz Figueiro, A., 2010, 119.

[18] Mira Toscano, A., Villegas Martín, J. y Suardíaz Figueiro, A., 2010, 173.

[19] Gómez del Valle, M.  2019, 81-82.