Vistas de página en total

sábado, 12 de septiembre de 2026

VALVERDE DEL CAMINO Y LA LUCHA CONTRA EL FRANCÉS (III). Bajo la sombra de Blas de Aranza: ¿Imposibilidad, fatalidad o connivencia con los franceses?

 

VALVERDE DEL CAMINO Y LA LUCHA CONTRA EL FRANCÉS (III). Bajo la sombra de Blas de Aranza: ¿Imposibilidad, fatalidad o connivencia con los franceses? 

 

Juan Carlos Sánchez Corralejo

 

La Guerra de la Independencia situó a Valverde del Camino en una posición especialmente difícil, obligada a sostener una doble presión fiscal y material tanto por parte de las autoridades españolas como de las francesas. Su ubicación estratégica la convirtió en un territorio muy apetecible a nivel militar.

Manuel Gómez del Valle aclara que Valverde no sufrió una ocupación continua de las tropas imperiales, pero manifiesta que esa situación intermedia implicaba que tanto las autoridades galas como las españolas estaban en disposición de reclamar dinero y suministros para mantener el esfuerzo bélico. No se trató de un fenómeno aislado. En las poblaciones cercanas (Calañas, Zalamea, Aroche o Aracena) la situación fue similar o, al menos, parecida. Este contexto provocó un fuerte desgaste económico y social en la población, afectando directamente a agricultores, ganaderos y al propio pósito municipal, que tuvieron que soportar continuas contribuciones en un contexto de guerra e inestabilidad.[1]

 Las nuevas autoridades francesas intentan imponer su dominio sobre el territorio valverdeño.  Muchas de las requisitorias proceden de Blas de Aranza y Doyle (1753–1813), destacado afrancesado, quien antes de la invasión napoleónica ocupaba altos cargos como Intendente General en Cataluña. En 1810 José I lo nombró Intendente General y Comisario Regio de Sevilla, convirtiéndolo en el principal responsable civil de la administración josefina en Andalucía occidental. Entre sus funciones estaban organizar la recaudación de impuestos y contribuciones extraordinarias, la supervisión de la administración local y el abastecimiento de las tropas imperiales.

 

Aranza justificaba la presencia francesa y responsabilizaba a la resistencia española de prolongar la guerra y los sufrimientos de la población española. Su discurso seguía la línea oficial josefina: la colaboración con José I traería orden y estabilidad, mientras que la resistencia solo provocaría destrucción y miseria. La pacificación se veía como la condición indispensable para la modernización del país, basada en la mejora de la administración y la puesta en marcha de un programa reformista inspirado en la Ilustración. Naturalmente, ello chocaba frontalmente con la interpretación patriótica dominante, que entendía la resistencia como una guerra de liberación nacional[2]. José I era presentado como rey legítimo tras las Abdicaciones de Bayona. El régimen josefino prometía racionalizar Hacienda, justicia, administración provincial y eliminar privilegios. Para funcionarios como Aranza estos objetivos podían justificar la colaboración[3].

 Blas de Aranza personifica la contradicción central del afrancesamiento: el hecho de ser un reformista ilustrado desde la perspectiva administrativa, pero también uno de los responsables directos de la extracción de recursos que soportaron las comunidades andaluzas durante la ocupación napoleónica.[4]

 


Battle of Seville (también conocida como Batalla del Puente de Triana), por William Heath.  27 de agosto de 1812. Plaza del Altoano.












Retrato del intendente Blas de Aranza y Doyle (1753–1813: Real Academia Catalana de Bellas Artes de San Jordi

 

Durante su estancia en Sevilla, Blas de Aranza desempeñó un papel activo en la requisa de bienes y la recaudación de fondos para el sostenimiento del ejército imperial francés. El 15 de marzo de 1810 ordenó al pósito municipal de Valverde del Camino satisfacer un repartimiento de 5.304 reales, que debían ingresarse en la Tesorería del Ejército en Sevilla a cambio de un simple recibo[5]. El 6 de abril remitió una nueva orden al ayuntamiento por la que disponía que los oficiales retirados que hubiesen jurado fidelidad a José Napoleón recibieran una ración diaria de pan, carne, vino y legumbres hasta que “confirmados sus destinos permitan las circunstancias se les abone el sueldo que corresponda[6]”. La ración debía consistir en 28 onzas de pan, 12 de carne, una de menestra fina —o dos si era basta— y un cuartillo de vino. Por su parte, los sargentos, cabos y soldados que hubiesen obtenido «la gracia de dispersos» debían percibir la ración íntegra de pan.[7]

 Veinte días después, otra vez, Blas de Aranza volvía a remitir una orden, mostrando su descontento porque los suministros que debían ser entregados al ejército francés no habían sido facilitados. Concretamente se reclamaba la mitad del trigo de los labradores; todo el trigo de trajinantes y de la Real Hacienda; el trigo de los diezmos, noveno, tercias reales y casas secuestradas; la cebada y otras semillas requisadas; la mitad de los carneros; la tercera parte de las reses vacunas, excepto los bueyes de arada y las vacas paridas y preñadas.[8]

 


                                            Tropas francesas en Valverde del Camino (Recreación digital)

  

UNA GUERRA FINANCIADA POR LOS MUNICIPIOS: LA MENGUA DE LOS BIENES DE PROPIOS

Valverde tuvo que proporcionar alojamiento, víveres, bagajes, caballerías, dinero y asistencia hospitalaria a los ejércitos en campaña. La población quedó sometida a una doble fiscalidad de guerra, obligada a atender simultáneamente las exigencias de las tropas francesas y de las fuerzas patriotas. Cuando los ingresos ordinarios resultaron insuficientes, el cabildo recurrió a la venta de bienes de propios y comunales, un patrimonio acumulado durante siglos. El caso de Valverde muestra cómo la guerra no solo provocó destrucción y sufrimiento, sino que transformó de forma duradera la economía local y la estructura de la propiedad.

 El 22 de abril de 1810 el cabildo acordó vender en pública subasta varios bienes municipales para hacer frente a las exigencias económicas de la guerra. Entre ellos figuraban una accesoria de las casas capitulares, varias viviendas pertenecientes al Monte de Piedad, sitas junto al Hospital de la Misericordia, y diversas dependencias del pósito. Aunque las propiedades habían sido previamente tasadas, la competencia entre los postores elevó notablemente los precios. La accesoria de las casas capitulares, valorada en 5.000 reales, fue adquirida por Francisco Duque por 6.600; Diego González Gerardo compró otra vivienda por 3.100 reales y Francisco Yanes adquirió dos inmuebles del pósito por 7.900 y 7.450 reales. De este modo, el Ayuntamiento obtuvo 25.050 reales, muy por encima de los 14.500 previstos.

 

La insuficiencia de estos recursos obligó a sacar también a subasta 90 fanegas de tierras de labor. Tasadas por Francisco Vázquez Mesurado y José Manuel Aloya y divididas en distintos lotes, las fincas se adjudicaron mediante pago al contado. La mayor parte fue adquirida por un reducido grupo de compradores, entre los que destacaron Cristóbal de la Cruz Moreno, José Manuel Moya — a través de testaferros— y el párroco Gregorio Díaz Bermejo. Aunque algunas parcelas se remataron por debajo de su tasación, lo habitual fue que las pujas incrementaran su valor, permitiendo al cabildo recaudar 25.160 reales. La concentración de las adquisiciones en pocas manos y el uso de intermediarios revelan el inicio de un proceso de acumulación de la propiedad.

 Las necesidades financieras, sin embargo, persistieron. En octubre se pusieron en venta otros trece lotes, con una superficie cercana a las 150 fanegas y una tasación superior a 38.000 reales. Aunque se desconocen los resultados, todo indica que la operación fue igualmente rentable. Más significativa fue la subasta celebrada en diciembre, cuando veintiocho suertes de tierra, valoradas en 42.213 reales, alcanzaron un remate de 107.275 reales. En esta ocasión participaron veintidós compradores, lo que dio lugar a una distribución de la propiedad más diversificada que en las ventas anteriores. Pese al éxito recaudatorio, la presión económica continuó siendo tan intensa que durante 1811 el Ayuntamiento siguió enajenando tierras, edificios y solares municipales, obteniendo nuevamente ingresos muy superiores a las tasaciones iniciales.[9]

 Aunque el objetivo inmediato era obtener recursos para sostener la guerra, las subastas transformaron gradualmente la estructura de la propiedad al concentrar las tierras municipales en manos de un reducido grupo de compradores con capacidad económica. Entre ellos figuraban destacados propietarios y el párroco de la villa, lo que muestra cómo las élites locales aprovecharon las oportunidades creadas por la crisis. El recurso de José Manuel Moya a testaferros sugiere, además, una estrategia para ocultar la concentración de adquisiciones o sortear las limitaciones impuestas por la subasta.

 

 

Fecha

Comprador

 

Bien adquirido

Importe (reales)

Observaciones

23 de abril de 1810

Francisco Duque

 

Accesoria de las casas capitulares

6.600

Tasada en 5.000 reales, la puja elevó el precio un 32 %.

24 de abril de 1810

Diego González Gerardo

 

Vivienda de los Montes de Piedad

3.100

Adquirió una de las casas próximas al Hospital de la Misericordia.

29 de abril de 1810

Francisco Yanes

 

Dos inmuebles del pósito (accesoria del pósito y accesoria-bodega de la calle de Arriba)

7.900 + 7.450 = 15.350

Fue el mayor comprador de inmuebles en la primera subasta.

22 de julio de 1810

Cristóbal de la Cruz Moreno

 

Cuatro lotes de tierras (22 fanegas)

6.250

Adquirió cuatro de los once lotes subastados, siendo el principal comprador de esta venta.

22 de julio de 1810

José Manuel Moya

 

Dos lotes de tierras (16 fanegas)

4.750

Compró mediante los testaferros Blas Martín Moya y Blas Moya, indicio de una estrategia de concentración de la propiedad.

22 de julio de 1810

Gregorio Díaz Bermejo (párroco)

 

Tres lotes de tierras (20 fanegas)

6.110

Las adquisiciones se realizaron mediante José Bernal de los Santos. Destaca la participación del clero entre los compradores.

22 de julio de 1810

José de la Cruz Romero

 

Un lote de tierras (20 fanegas)

3.800

Compró el lote de mayor extensión de la subasta de julio.

2 de diciembre de 1810

Francisco Mesurado

 

Dos suertes (16 fanegas)

14.700

Mayor desembolso individual de la subasta de diciembre.

2 de diciembre de 1810

José de la Cruz

 

Cuatro suertes (20 fanegas)

12.000

Uno de los principales compradores de la subasta.

2 de diciembre de 1810

Diego Díaz Vara

 

Dos suertes (21 fanegas)

11.400

Segundo mayor desembolso de la subasta de diciembre.

2 de diciembre de 1810

José Macías

 

Cuatro suertes (18 fanegas)

10.250

Adquirió cuatro lotes, figurando entre los principales compradores.

2 de diciembre de 1810

Veintidós compradores

 

28 suertes de tierra

107.275 (total de la subasta)

La participación fue mucho más amplia que en las ventas anteriores, favoreciendo una mayor diversificación de las adjudicaciones.

 

Tabla 1.  Principales compradores de bienes de propios en las subastas de 1810. Fuente: Manuel Gómez del Valle, Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812). Elaboración propia

 

 LA DEFENESTRACIÓN DE LOS ALCALDES DE VALVERDE  

 A mediados de julio, una columna de unos 2.000 hombres, junto con la División de Arenberg, volvió a ocupar Zalamea la Real. Desde allí se exigieron raciones al vecindario de Calañas para abastecer a las tropas. El contingente permaneció en la localidad hasta el día 22, fecha en la que reanudó su marcha hacia Sevilla.[10]

 

El 2 de septiembre de 1810, las fuerzas francesas, que se encontraban en Valverde,  salieron  hacia Beas[11], pero antes las máximas autoridades valverdeñas fueron defenestradas, pues en la noche  de la partida de los franceses, fueron apresados los alcaldes ordinarios José Bernal de los Santos y Blas Martin Moya por orden de Francisco Copons y Navia, jefe del ejército español del Condado, y conducidos a Ayamonte[12]. Manuel Gómez del Valle intuye que, o bien no fueron partidarios declarados del nuevo monarca, o que, al menos, sí tuvieron un comportamiento colaborativo con la soldadesca que acababa de abandonar la villa y afirma que, aunque Valverde no fue una población en la que los franceses se asentaron de forma permanente, recibieron de estos igualmente la orden de crear una Guardia Cívica en el mes de abril, siguiendo el mismo dictamen que el resto de poblaciones[13]. La detención de las máximas autoridades locales tras la salida de las tropas francesas sugiere que existieron sospechas de colaboración o, al menos, de cooperación obligada con el ocupante.

 Pero, como ha señalado Jean-René Aymes, conviene distinguir entre el afrancesamiento ideológico y las múltiples formas de colaboración administrativa desarrolladas por las autoridades locales para garantizar la continuidad institucional bajo la ocupación francesa. Desde esta perspectiva, numerosos ayuntamientos no actuaron movidos por convicciones josefinas, sino por la necesidad de asegurar la supervivencia del gobierno municipal en un contexto de continuos cambios militares[14].  En 1810 coexistían dos poderes, el josefino y el de las Juntas y la Regencia. Las autoridades municipales quedaban atrapadas entre ambos. Si obedecían a uno, eran sospechosas para el otro.  Ese fue el gran drama político de muchos municipios. La actuación de Francisco Copons tuvo un fuerte componente ejemplarizante.

 

LA PRESIÓN SE EXTIENDE 

 Las exigencias de ambos contendientes eran constantes. Los primeros días de septiembre, los franceses situados en Niebla, Moguer y San Juan del Puerto, piden la entrega constante de granos, reses vacunas y víveres, al igual que las divisiones españolas al mando del general Ballesteros.  En Valverde los granos estaban casi totalmente agotados y las reses eran diariamente exigidas por ambos ejércitos. El cabildo se vio en la obligación de imponer contribuciones a los vecinos, los cuales estaban ya arruinados en muchos casos.

 Los hacendados de Valverde son convocados para hacer un repartimiento entre ellos de 200.000 reales para la compra de reses a razón de 500 reales por cabeza y 650 para los bueyes.  Algunos de esos hacendados fueron Pedro Sánchez Palanco el mayor, Francisco Martín Duque, José García Ramírez, Gregorio de Mora, Fernando G. Santos, Gerónimo Carrero, José de la Cruz Romero, Domingo Gómez, Juan Pérez Bando, José Matías, Pedro Martín Vizcaíno (casado con Gregoria Díaz Vara)  y Manuel José Ramírez[15].

 

Manuel Gómez de Valle afirma que a fines de 1810, parte de las tropas que habían ocupado Zalamea la Real el 8 diciembre, abandonaron esta localidad al poco tiempo y emprendieron el camino hacia Valverde, reclamando a su paso una contribución que debió ser muy importante, aunque se desconozca su cantidad exacta.[16]

 LA SUBLEVACION DE CALAÑAS

 El 5 de enero de 1811, la población de Calañas se sublevó contra las propias tropas españolas. La mera existencia de la sublevación pone de manifiesto cómo el creciente malestar popular podía dirigirse también contra las propias autoridades patriotas cuando las exigencias militares comprometían la supervivencia económica de las poblaciones.

 Gómez de Valle establece como detonante probable la enorme presión fiscal y la entrada en el vecindario de la partida de Cazadores del Condado para pedir suministros. Los calañeses detuvieron a su comandante. Tras meses de contribuciones, requisas y obligadas ventas de bienes, la llegada de nuevas partidas militares podía desencadenar una reacción colectiva. La sublevación de Calañas constituye un buen ejemplo de ese límite. Los mandos españoles para finiquitar aquel motín, enviaron al Batallón de Balbastro reforzado con las compañías de granaderos y tiradores del 2º de Sevilla[17]. Ello indica a las claras que los mandos españoles consideraron el motín un asunto muy grave.  Era una amenaza para la disciplina militar, el necesario abastecimiento del ejército y la autoridad de las juntas provinciales de defensa. Pero si ejército español necesitaba recursos, los vecinos necesitaban sobrevivir. Cuando ambos intereses chocaban, aparecían conflictos como éste.

 Este episodio puede interpretarse a la luz de un concepto que la historiografía reciente ha desarrollado con fuerza: la "fatiga de guerra" (war weariness). No toda protesta popular durante la Guerra de la Independencia respondía a opciones políticas, sino solo a la necesidad de supervivencia cotidiana, que, a veces, terminaba prevaleciendo sobre las lealtades ideológicas

 

 DE VUELTAS CON EL SARGENTO CANTARET

 Según Manuel Gómez del Valle, los imperiales tardaron un par de meses en volver a Valverde del Camino, hacia finales de febrero y primeros días de marzo de 1811, procedentes  de la zona del Condado, para realizar varias correrías[18]. Esta sucesión de ocupaciones y contraocupaciones convirtió a localidades como Calañas y Valverde en escenarios permanentes de extracción de recursos, sin que la población pudiera disfrutar de un período de recuperación económica.

 Según señala la tradición valverdeña, durante la celebración de las cruces de mayo, fue asesinado el sargento francés Cantaret en la villa por intentar sobrepasarse con una joven local. El hermano de esta, que contemplaba la escena, fue quien mató al susodicho soldado. Desde entonces, el lugar sería ocupado por una cruz que recibió el nombre de Cruz del Cantarero, que Gómez de Valle sitúa erróneamente en la Calle Real de Abajo. El mismo autor considera que si esta historia fuera cierta, los acontecimientos se habrían producido en una de las entradas de tropas francesas que debieron producirse en la primavera del año 1811.[19]

 


Asesinato del sargento Cantaret (Recreación digital)

 El principal interés histórico de este relato no radica en demostrar la muerte de un supuesto sargento francés, sino en explicar cómo se construyó la memoria colectiva de la Guerra de la Independencia. La narración presenta al francés como símbolo del invasor y agresor, mientras que la joven representa a la comunidad local y su hermano encarna la defensa del honor y de la patria. La muerte del soldado adquiere así un valor simbólico, más que estrictamente histórico, como expresión de la victoria moral sobre el ocupante. La Cruz del Cantarero contribuyó a fijar esta interpretación durante generaciones.

 

La tradición oral constituye, por ello, una valiosa fuente para estudiar la construcción de la identidad colectiva y , permite comprender cómo la sociedad valverdeña interpretó la ocupación francesa y convirtió la resistencia al invasor en uno de los pilares de su memoria histórica.

 

 

 

 

 



[1] Gómez del Valle., Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812) Repercusiones en las provincias de Huelva y Sevilla. 2019, 89-92. Tesis doctoral dirigida por José Leonardo Ruiz Sánchez. Recoge un detallado  estudio de este proceso.

[2], Coll Coll, Ana María, “Transitando entre la guerra, la pluma y la nobleza a través de intendentes del despotismo ilustrado español”, Revista de Historia Moderna, [S.l.], n. 38, p. 80-111, oct. 2020.

[3] Para profundizar sobre el movimiento afrancesado y traar de conocer la lógica política del colaboracionismo y cómo los afrancesados justificaban su actuación, vid. Coll Coll, Ana M., 2020. Rújula, Pedro, “La lógica del afrancesado: mediación, colaboración y traición en la vida de Agustín de Quinto”, Ayer, 95 (2014). Moliner Prada, Antonio, “La España josefina: los afrancesados”, Revista de Historia Militar, 52, 1 (2008).  Ministerio de Defensa.

[4] Vid. Coll Coll, Ana M., 2020.

[5] AMV, leg. 29. Actas Capitulares de . Carta de Fernando de Carbia a los Señores de la Junta del Pósito, Sevilla, 15 de marzo de 1810.

[6] AMV, leg. 29. Actas Capitulares, Carta de Blas de Aranza a las Justicias de Valverde, Sevilla, 6 de abril de 1810. Gómez del Valle., Andalucía durante la ocupación francesa, p. 84

[7] Ibídem.

[8] AMV, leg. 64. Disposiciones, Carta de Blas de Aranza a las Justicias de Valverde, Sevilla, 26 de abril de 1810. Gómez del Valle., Andalucía durante la ocupación francesa, p. 84

 

[9] Gómez del Valle en su tesis doctoral Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812), recoge un detallado estudio de este proceso.

[10] Manuel Gómez del Valle, M. 2019, 64.

[11] Ibáñez, José, “Diario de las Operaciones de la División del Condado de Niebla, que mandó el Mariscal de campo D. Francisco de Copons y Navia, desde el día 14 de abril de 1810, que tomó el mando, hasta el 14 de enero de 1811, que pasó este general al 3º Ejército”, en El Mariscal Copons y la defensa del territorio onubense en 1810-1811.  Universidad de Huelva, 2011, p. 81.

[12] AMV, leg. 29. Actas Capitulares. Cabildo de 8 de septiembre de 1810, (f. 1v).

[13] AMV, leg. 29. Actas Capitulares. Carta de Blas de Aranza a las Justicias de Valverde, Sevilla, 6 de abril de 1810. Recogido por Gómez del Valle, M., 2019, 82.

[14]  Aymes, Jean-René ,“Francia y la Guerra de la Independencia en 1808 (de Bailén a Chamartín): la información y la acción». Revista de Historia Militar, año XLIX, núm. extraordinario III (2005): 285-311

[15] AMV, Actas Capitulares, Legajo 29. Cabildo de 8 de septiembre de 1810, [f. 1v-2r]. Recogido por Manuel Gómez del Valle, M. 2019, 86.

[16] Peña Guerrero, María Antonia, ob. cit., 2000, p. 50.

[17] Mira Toscano, A , Villegas Martín, J. y Suardíaz Figueiro, A., 2010, 119.

[18] Mira Toscano, A., Villegas Martín, J. y Suardíaz Figueiro, A., 2010, 173.

[19] Gómez del Valle, M.  2019, 81-82.

No hay comentarios:

Publicar un comentario