Páginas vistas en total

jueves, 16 de abril de 2015

LOS ALBORES DE LA INDUSTRIA DEL CALZADO DE VALVERDE DEL CAMINO:


    Pero el sector del cuero ganaba terreno a pasos agigantados desde la década inicial del siglo[1]. Partiendo de la tradición de los talleres de zapateros y botineros del siglo XIX[2], la nueva centuria vio nacer las grandes industrias mecanizadas del calzado valverdeño, aunque el tránsito de los pequeños talleres a las fábricas no fue un proceso unidireccional. Sólo una avanzadilla de empresarios y socio-capitalistas se adelantaron a las necesidades surgidas en las poblaciones mineras cercanas, aprovechando las ventajas derivadas de la localización en la población de la vía férrea de El Buitrón y sus conexiones, y las ventajas derivadas de la economía de escala que les permitirían comprar grandes cantidades de materias primas y vender de la misma manera. Pero, a la par, un importante porcentaje del tejido productivo local del  calzado mantuvo unas estructuras netamente artesanales.   

 

Zapateros de banquilla y aparadoras en 1890.                     
RICO PÉREZ A,  Valverde en sepia, lám. 97  
 
 
 
  
    La primera fábrica moderna de calzado valverdeña data de 1912, la "J.D.L. Arroyo y CIA. Sociedad en Comandita"[3], de la que se ha dicho fue la primera fábrica mecánica de Andalucía y Extremadura y la más moderna del sur de España, capaz de dar trabajo a 150 obreros de ambos sexos, con una producción de más de 500 pares diarios.
 
Estuvo formada por 2 socios industriales, dos zapateros de banquilla de larga tradición, José Dolores Arroyo y Juan Arroyo Hidalgo y varios socios comanditarios como Andrés Parreño y Gregorio Varón. No queda totalmente claro, a día de hoy, de quién partió la iniciativa, y como confluyeron los intereses locales y los foráneos, pero al menos sabemos –gracias a Manuel Romero Pérez, quien documentó las vicisitudes de la empresa a través de las páginas de Facanías-, que la United “Unión de maquinaria para el calzado S.A.” hizo los planos, construyó el edificio y efectuó la instalación fabril en el Dolor.
 
Romero Pérez nos contó que en ella se instalaron tres modernos sistemas de producción: Good Year (empalmillado), mixto (troquelación y sujeción metálica del cerco) y Blake (cosido de dentro a fuera)[4]. La maquinaria Singer, accionada por un grupo electrógeno de carbón, permitió usar los últimos modelos de máquinas de coser instaladas en la bancada: máquinas de dos agujas, maquinas automáticas de colocar ojetes, y aparatos para hacer ojales, rebajar la piel, perforar, etc. En aquella empresa se enseñó además el oficio de cortador, utilizando para ello la mesa de madera y el chavetín. El avance que supuso “Arroyo y Cía” fue enorme: “Allí, por primera vez, vieron los zapateros rebajar los bordes de los cortes a máquina. Entonces se hacía sobre un tarugo triangular de madera llamado Boje, que se apoyaba en la rodilla y en el pecho, y con una chaveta ancha de zapatero se hacia el devastado [sic][5]. La empresa contó con patronistas foráneos que enseñaron los misterios del patronaje y las distintas escalas a partir de la máquina Preston y con seis viajantes distribuidos a lo largo de Andalucía, Extremadura y Castilla la Nueva. Ello supuso el comienzo del fin –en ningún caso inmediato- del oficio de las medidoras, de las largas estancias de las esposas de los dueños de la banquilla en los pueblos comarcanos y de la venta a dita. M. Romero Pérez nos habló también de su éxito, del hecho de situarse entre las mejores del país, lo que resulta chocante con su carácter efímero. La fábrica se truncó con la llegada de la Primera Guerra Mundial y solo sobrevivió  dieciocho meses, pero el nuevo modelo de organización empresarial que proponía no cayó en saco roto y sirvió de estímulo para las nuevas fábricas mecanizadas: el Crédito Obrero, la Romero, Becerro y Cía, la Culmen y otras.   

 La Romero Becerro y Cía, nacida en 1918, y su reconversión en la Inval, Industria Valverdeña, S.A desde 1923, marcaron otro hito. La razón de este cambio de denominación encierra ante todo modificaciones en su titularidad[6] y el deseo de un continuo desarrollo y mecanización que exigirá paulatinas ampliaciones de capital.  

 
    A fines de la década de 1910 se creó una compañía anónima de carácter cooperativo, "El Crédito Obrero", situada en el Dolor[7], pero reubicada  en la década de 1930 en  la carretera de Calañas, junto a la imprenta Fernández.

 
 
Taller de Diego Romero Bernal.  Rico Pérez,  A.,  2001, V. 3, Lám., 94.
                                       Abajo los hijos del empresario, Diego, Manuel, Rafael, dos de ellos con mandil.

En 1924, Manuel Romero Pérez consiguió, con apenas 16 años, el título de patronista-modelista de calzados en la Academia Internacional Lincoln de Sabadell por correspondencia.[8] Y ese mismo año instaló un taller de cortes y aparados[9]. En realidad tuvo que hacerse cargo, con apenas 16 años, de la banquilla de su padre, Diego Romero Bernal, y poco a poco aumentó las pretensiones de negocio artesanal. El obrador seguía instalado en el número 24 de la calle Peñuelas y se rodeaba de una veintena de aparadoras, además de la ayuda de sus hermanos,  Rafael y María.   

 
Así llegamos a los años 30. Entonces destacaban cuatro fábricas mecanizadas de calzado. La principal seguía siendo la Inval S.A., famosa por su mecanización, su producción de los botos Legión con horma de punta fina y tacón cubano[10] y por haber dado empleo a unos 225 empleados hacia 1933. La Guerra Civil agrandó su  producción. Por entonces, dos empresas monopolizaron el abastecimiento de zapatos a la soldadesca profesional y a los quintos y reservistas obligados a luchar en el frente de batalla. Mientras la Inval S.A suministraba zapatos a la zona nacional, la empresa castellonense “Segarra”, localizada en Vall de Uxó,  hizo lo propio en la zona bajo mando republicano[11]. Se incentivan las ampliaciones de capital social: la primera, de 31 de diciembre de 1923, supuso un incremento de 200.000 pesetas; la segunda en 1937, por valor de 300.000 pesetas; la tercera, en 1940, por valor de 850.000 pesetas. La cifra absoluta de capital social de la Industria Valverdeña, S.A. asciende, en 1940, a 1.440.000 pesetas[12].

 
    Las otras fábricas mecanizadas eran las de Hijo de Diego Romero Bernal, regentada por su hijo Manuel Romero Pérez – quien a partir de la banquilla de la calle Peñuelas dio el salto a una de la fábricas señeras de la localidad, la Culmen, instalada en Triana desde 1940, en el inmueble de la fabrica anterior de José Pérez Romero;[13] o el taller de Andrés Becerro Romero en la calle Andrés Blas trasladado a la Cuesta de la Estación -al edificio que cobijó la  carpinterías de Aurelio Parreño-, dando lugar a la conocida como los 4 ases, en honor a sus socios:  Luis Alcaría, Gregorio Castilla Bermejo, Andrés Becerro Romero y Juan Parreño.

 
    Una de sus primeras operarias nos cuenta: «A los 12-13 años me puse a trabajar en la fábrica de los 4 ases. Mi función, siendo aún una niña, era el envase: metía los zapatos en cajas de cartón, pero además les poníamos los cordones, les dábamos brillantina en el broche y les poníamos las plantillas con el sello de la fábrica, los envolvíamos en papel. Los hombres procedían al empaquetado: los metían en cajas, hacían los paquetes y de allí al tren».[14]
 

Otras siete eran calificadas de semi-mecánicas: las de Alejandro Calero Sánchez, con domicilio social en la esquina de la calle General Bernal con Menéndez y Pelayo; Cirilo Arroyo Hidalgo, a partir de su banquilla de la Calle Camacho; Juan Fernández Cejudo, origen de la posterior calzados Esxmios; Rafael Arroyo Arroyo, en el nº 20 de la carretera de calañas; Alejandro Calero Bermejo, en el número 43 de General Bernal; Manuel Boniquito Chaparro, cuyo taller primigenio pasó  del doblao de su vivienda familiar en Real de Arriba 57, a la periferia de la localidad, en la calle Colón nº 1;  y José Morián Contioso, “Corona”, cuya empresa se situaba en  el número 19  de la calle Colón, en un edificio anexo al domicilio familiar de la calle Lucía Ramírez.[15]

 
    Se mantenían, además, 73 fábricas manuales o banquillas. Las de Isaías Mora y Mora, El Crédito Obrero S.A., Josefa Salas Calero –viuda de Isidoro Garrido Pérez-, José Antonio Lazo Ramos, Juan Batanero Arcas, Bartolomé Hidalgo Parreño,  Juan Fiscal Santos, José María Carrero Mojarro, Antonio Arrayás Calle, José Dolores Castilla Lorca, Juan Arcas Torres, Juan Becerro Romero, Rocío Llanes Pérez, Juan Jiménez Calero, José Mantero Valero (posterior Manuel Corralejo Vera), José Parreño Lineros, José Alcaría Blas, Manuel Tirado Domínguez, María Josefa Domínguez, Pedro Lazo Ramos, Federico Arroyo Arroyo, Celestino Domínguez García, Francisco Becerro Feria, Rafael Ramírez Mantero, Viuda de Ildefonso Macías, Andrés Duque Arrayás, Francisco Parreño López, Francisco Contioso Moya, Pedro Chaparro Márquez, Agustín Parra Varón, Juan Duque Arrayás, Juan Arrayás Santos, Ángel Rico Mora, Nicolás Morián Domínguez, Antonio Parreño Carrero, Gregorio Rentero Limón, Juan Macías Parreño, Viuda de Francisco Carrero, Pedro Sánchez Cruz, Manuel Chaparro Márquez, Manuel López Mora, Manuel Calero Bermejo, Manuel López Parreño, José Cejudo Arroyo, Pedro Arrayás Becerro, José Ramos Macías –posterior Gregorio Hidalgo-, Manuel Duque Contioso, Viuda de Pedro Domínguez Marín, Gregorio Gallardo Mora, Francisco Arauz Martín, Manuel Arroyo Ramírez, Ildefonso Pérez Vizcaíno, Juan Sánchez Ruiz, Blas Batanero Arrayás, Antonio Parreño Lineros, Francisco Gutiérrez Marín, Gregorio Alcaría Borrero, Antonio Salas Gómez, José Rivera Jiménez, Juan Parra Santos, Felipe Cantos Mantero, Francisco Mora Ramírez, José Pedrero Romero, Juan Santos Pérez, Gregorio Arrayás Feria, Teodoro Domínguez Vélez, Viuda de Ildefonso Jiménez, Isidoro Blanco Vera, Blas Mora Jiménez, Francisco Blas Calleja, Manuel Vizcaíno Delgado, Manuel Cejudo Santos y José Rivera Montes.

 
    Las banquillas de doblao y casilleta siguieron funcionando según los cánones tradicionales y mantuvieron una comercialización arcaica, basada en la venta de productos en las localidades del entorno[16]. Entre las producciones de los zapateros de banquilla destacaban, al menos desde finales del siglo XIX, los borceguíes de tachuelas y travesaños, un calzado duro, robusto, que llegaba más arriba del tobillo, abierto por delante y que se ajustaba por medio de correas o cordones, utilizado en el mundo rural, y también en el ejército. Tradicionalmente los borceguíes se fabricaban de cuero tratado y endurecido, y a veces impregnado de sustancias repelentes del agua. Las tachuelas de hierro  -bastante similares a las chinchetas de tapizar- permitían el agarre del zapato a los suelos agrícolas y, además, se la añadían los travesaños, unos virones de cuero dispuestos horizontalmente en la suela que afianzaban la pieza.

    Permítannos solo tres pinceladas, a modo de ejemplo: La banquilla de Francisco Becerro Feria (1881-1967)  se situaba en el domicilio familiar, en el 61 de la calle Real de Arriba, antigua Sagasta, donde vivía junto a su esposa y sus siete hijos. Fue unos de los fundadores de Romero, Becerro y Cía, pero tras la experiencia mercantil, después de la Gran Guerra volvió a su banquilla, donde seguramente se sentía más cómodo[17]. El taller se situaba en la casilleta del fondo. La entrada, como era habitual en tales casos, se hacía a través de la propia vivienda. La mayor de sus hijas, Josefa Becerro Ramírez, era la patronista del taller. Entre la nómina de aparadoras aparecía otra de sus hijas, Juana Becerro, junto a Manuela Duque. Manuela Ramírez Marín, esposa de Francisco, se dedicaba a la venta del calzado en Gibraleón. Ello exigía el alquiler de una habitación de una familia olontina que servía de punto de venta. Finalmente, Francisco Becerro decidió ceder la tienda a la propietaria del inmueble, con la que la familia había hecho sincera amistad, “la tía María” y, gracias a ello, su esposa volvió al hogar.

 
    La banquilla de Juan Becerro Romero (1907-1984) fue el prototipo de zapatero de medida. Era un taller -instalado inicialmente en el Pie de la Torre  y desde finales de 1938 en La Calleja-,  formado por siete obreros, una cortadora y dos aparadoras. A lo largo de 30 años, Juan Becerro  viajó mensualmente a la Sierra de Huelva, donde tomaba las medidas y a donde volvía cada quince días cargado de borceguís, zapatos de señora o sandalias.[18]  

 
    Entre los artesanos de banquilla, destacó entonces el, para muchos de los expertos, mejor zapatero histórico de Valverde, José Parreño Lineros. Tras abandonar su puesto de encargado de la Culmen, montó su propio taller y creó, en los años 40, el boto rociero, en su nuevo obrador de la calle Italia. Para ello, aumentó la longitud de la caña de los borceguíes, a fin de cubrir la pantorrilla[19]. Era un modelo que al principio solo estuvo al alcance de las economías más pudientes.  El propio Parreño Lineros fabricó muchos de los pedidos de este género que llegaron tanto a Inval S.A. como a la Culmen. Los botos y borceguíes de Valverde participaban ya en numerosas muestras como las Exposiciones de Artesanía organizadas por la Delegación Provincial de Educación y Descanso.[20]


 
 
                                    La banquilla de Francisco Becerro  

 

 

 
                         Fábrica de calzados Culmen         

    Pero a pesar del número de establecimientos y siguiendo la opinión de Diego Romero Pérez, desde 1936 Valverde se habría convertido en un pueblo industrialmente aletargado, debido, en buena parte, a la actitud del empresariado, que habría perdido el ímpetu emprendedor anterior.  Para Romero Pérez, éste fue un período indignante en el que la “industria del calzado de Valverde se prostituyó; nunca se hizo tanta basura, aunque fuera cuando más dinero se ganó"[21]. Al margen de errores locales, hay que tener el cuanta el contexto: nos encontrábamos en lo que Gabriel Tortella bautizó como la era «las largas vacaciones de la industrialización española», caracterizada por la suma de los efectos de la Gran Depresión de los años Treinta y de la Guerra Civil, no tanto por las destrucciones físicas, cuanto por la fragmentación de los mercados y la interrupción de las comunicaciones, con sus secuelas de carencia de materias primas y de recambios industriales. 
   
     Además, por entonces había en la población ocho talleres de cortes aparados: Hijos de José Malavé Arca, en las Peñas, que disponía además de subsede en la calle San Pablo 9 de Sevilla; Manuel Hidalgo Salas, en José Antonio Primo de Rivera, que amplio el negocio a la fabricación de viras, cercos y correas de transmisión; Manuel Domínguez Bermejo, Maíllo, en Real de Arriba;  Ildefonso Cejudo Parreño, en la calle Murillo, tras partir el negocio con Maíllo; Rodolfo y Juan Parreño Romero, en la calle Nueva, en la antigua escuela de D. Evaristo Arrayás ; Juan Lorca Domínguez, en Millán Astray, actual Peñuelas; Cirilo Arroyo Hidalgo en los Arrabales, y José Parreño Sánchez. 
   
    Entre los curtidores destacaban las tenerías del Dolor, la de José Padilla Zurita en el 104 de Real de Arriba y la de Laureano Prieto Balbuena. Desde enero de 1943 abrió sus puertas la Tenería Andaluza S.L., en la Barriada de Triana, con capital de la familia Romero Pérez, dedicada a los curtidos y a la fabricación de viras para el calzado que, como el resto de establecimientos, merecerán un estudio más pormenorizado en nuestra investigación[22]. El sector se completaba con varios representantes de lacas y pinturas, como Eduardo Senra Contioso y el  almacén de Tenería Moderna, de Barcelona, regentado por Eduardo Pérez Romero.  

 

 




[1] Se trata de un mero apunte. Que nadie nos exija exhaustividad. Poco a poco avanzamos en nuestro estudio La industria del calzado de Valverde del Camino. De la organización gremial a la industria del siglo XXI.
[2] ROMERO MANTERO A. B. (1994),  Los oficios valverdeños en el siglo XIX”.Facanías. Extraordinario de Feria.
[3] ROMERO PÉREZ, M., 1976, pp. 1-2. La primera fábrica de calzados. En Facanias, octubre de 1976, nº 42, pp. 1-2. La información  ha sido repetida por todos aquellos que se han acercado después al  estudio de la industria valverdeña del calzado, desde enfoques diversos: PARREÑO HIDALGO, M.L.: «Artesanía e industria del calzado en Valverde del Camino (Huelva)», en Revista de Estudios Andaluces, nº 11. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1988.GARCIA DEL JUNCO J. y ESPASANDÍN BUSTELO, F.. 2001.
[4] Manuel Romero Pérez refiere que se lo comento un miembro del Sindicato Nacional de la Piel con el que coincidió en Barcelona que estuvo presente en el montaje y puesta en marcha de la fábrica.
[5] ROMERO PÉREZ, Manuel, 1976. 
[6] Por ejemplo, sabemos que  Francisco Becerro se salió de la sociedad y “volvió  a la banquilla” tras vender sus acciones al capitán Morales. Entrevista a Francisco Becerro Nieto.
-         [7]GARCÍA DEL JUNCO, J. y ESPASANDÍN BUSTELO, F: “La industria de cuero y calzado en Valverde del Camino”. En Huelva en su historia, nº 8. , 2001, 321-332, p. 325.
[8] GARCÍA J. y ESPASANDÍN F.,  2001, 325. Valverde avanza en el proceso de ajuste del diseño del calzado a la anatomía del pie.
[9] FERNÁNDEZ RITE, 1974, 1. Recogido por GARCIA J. y ESPASANDÍN,  F. 2001,  325-326.
[10] RIVERA HIDALGO, A.  Historia de los botos valverdeños”, Facanías, nº 235. 1993.
[11] SÁNCHEZ CORRALEJO, JC. “Cartas y crónicas desde el frente y la retaguardia. La Guerra Civil vista desde Valverde del Camino”. V Jornadas del Patrimonio del Andévalo. 21-23 de noviembre de 2014.  En prensa.    
[12] GARCÍA  J. y ESPASANDÍN , F. 2001, 325.
[13] A.H.P.H. Expedientes de actividades industriales, 74.
[14] Entrevista a Josefa Moya Bermejo (1923).
[15] Entrevistas a Benito José Morián Gómez. 
[16] Véase por ejemplo ALCARÍA, Ignacio, “La banquilla”. Raíces, julio de 1999.
[17] Entrevista a su hija Mª Dolores Becerro Ramírez.
[18] Entrevista a su hija Amalia Becerro.
[19] Entrevista a David Moreno Bermejo.
[20] “ABC en Huelva. II Exposición de Artesanía”. ABC de Sevilla, viernes 14 de agosto de 1942, p. 10.
[21] ROMERO PÉREZ, 1957, 19. Opinión recogida al pie de la letra por Espasandín Bustelo y García del Junco, 2001.
[22] A.H.P.H. Delegación Provincial del Ministerio de Industria. Expedientes de actividades industriales. Signatura  2557/004 y 005. 14 de enero de 1943. Se  trata de una doble inscripción, la primera para curtidos y la segunda para fabricación de viras.