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viernes, 22 de abril de 2016

Valverdeños en bando republicano


CARTAS Y CRÓNICAS  DESDE  EL FRENTE Y LA RETAGUARDIA

 LA GUERRA CIVIL VISTA DESDE VALVERDE DEL CAMINO (IV)

 

Juan Carlos Sánchez Corralejo

 

El Andévalo. Paisaje y Humanidad

Actas de las V Jornadas del Andévalo, pp. 232-234.

 Reelaborado para Facanias. Abril de 2016 

 

 

Valverdeños en bando republicano

 

También hubo valverdeños en el bando republicano, unos con carácter voluntario, otros obligados, y otros con adscripción incierta. A varios valverdeños, viajantes de fábricas de cortes aparados y de almacenes de curtidos, la guerra les cogió en bando republicano. Fue el caso de Miguel Macías Corralejo, en la comarca de los Pedroches, o Emilio Martínez Perea, en Barcelona. 

 

El affaire de Miguel Macías Corralejo aún sigue siendo una incógnita: sabemos que estuvo a las órdenes de Pérez Salas, aunque no si fue de forma voluntaria u obligada, o quizá como resultado de una mezcla de ambas cosas. Fue sorprendido por la guerra en el hotel Royal de Castro del Río[1] y recibió un  salvoconducto por parte del Frente Popular de Villanueva de Córdoba el 3 de febrero de 1937 “por asuntos de comercio”. Más tarde, pasó al batallón del teniente Joaquín Pérez Salas.[2]

 

Nada sabemos de sus peripecias  hasta inicios de 1939, a partir de entonces gracias a su carteo con una madrina de guerra –a la que él prefiere llamar madrina de paz–, la joven Beatriz Cervantes, de diecinueve años, natural de Garrucha (Almería). A ella dedica varios madrigales y sonetos, donde no escatima sus indudables dotes poéticas:

 

Musa divina de mis pasos guía,

alma prendida en manto de bondad

disco de luz, cual sol de mediodía

rubí encendido en mi soledad.

 

Aunque en sus cartas, para evitar una decepción, reconocía su “divina” edad, que le confería ya unos hilos plateados en la cabellera y un porte algo rechoncho.[3]

 



Miguel Macías Corralejo

 

Otra historia proviene de una familia de la comarca minera de Riotinto, instalada posteriormente en Valverde del Camino. Su protagonista es Guillermo Carrasco Varela (1891-1971), nacido en Alájar en 1891, había emigrado con su familia a Francia y estaba establecido en Sète, en la región de Languedoc-Rosellón, a donde llegaron otros muchos emigrantes de la comarca del Andévalo y Minas. También la familia de su esposa, Lucia Díaz García, natural de Zalamea hizo lo propio.  

 

Guillermo trabajaba en una fábrica de cerámicas y loza. Volvió, al parecer, en 1934 y se afanó por defender la legalidad republicana, aunque apenas sabemos nada de su supuesto esfuerzo bélico en pro de la república, y algo más de su vida posterior a la contienda: Guillermo volvió con su esposa e hijos, y se instaló en Minas de Riotinto donde trabajó como  sepulturero[4]. Fue acusado de deserción familiar e ideas avanzadas, aunque el expediente terminó en sobreseimiento.[5]

 

 


 


Guillermo Carrasco junto a su esposa, Lucía Díaz García, y sus hijos.

Guillermo y Pilar (1921), Sète. Francia. Año 1921

 

 

Pero quizá el caso más emblemático o, al menos, el mejor conocido, sea el de Manuel Fernández Feria y Lázaro Lazo Borrero, integrados en las milicias confederales anarquistas. Ambos eran miembros de la CNT y de la tertulia literaria Minerva, ambos compartieron guerra en el bando republicano y también compartieron la cárcel al finalizar la contienda.[6]

 


 

Manuel Fernández Feria. Agosto de 2013. Alcalá de Henares




 


Lázaro Lazo Borrero

 

Frustrados por la escasa resistencia prestada en la llamada “batalla del Empalme[7], en la que participaron activamente, con solo 19 años se marcharon a la Sierra de Huelva y Badajoz por los caminos de estraperlo; llegaron a Castuera y de allí a Tomelloso en tren, donde se unieron a la columna Tierra y Libertad, de origen catalán, que tomaba su nombre del lema clásico del anarquismo español. Se trataba de una columna  de milicianos organizada por la CNT-FAI de las comarcas del Alto Llobregat y Cardoner  y de la propia Barcelona, que fue enviada a los frentes del Centro, a mediados de septiembre de 1936, como refuerzo ante la ofensiva franquista que estaba entrando en Talavera de la Reina,  asediaba a Toledo y amenazaba con ello a Madrid.

 

Ya en Madrid se integraron en la milicia del teniente coronel Francisco del Rosal Rico. Era la llamada columna del Rosal.

 

Estos valverdeños vivieron el proceso de militarización de las milicias en la Sierra de Albarracín, y los vaivenes de la guerra en Teruel y más tarde estuvieron en el Parque del Oeste durante la batalla de la ciudad Universitaria, a mediados de noviembre de 1936.

 

La columna del Rosal, con estos representantes valverdeños, fue enviada al frente de Teruel en octubre de 1836. Entonces estaba formada por  8 centurias (800 hombres) de la columna Tierra y Libertad, el batallón Mora con 650 hombres, el batallón Juvenil Libertario con otros 650, el batallón Orobón Fernández con 600, y el batallón Ferrer con otros tantos. En total 2.300 combatientes. Seguía comandada por el teniente coronel Del Rosal, mientras Cipriano Mera era delegado de milicias y el jefe del Estado mayor era el cenetista Antonio Verardini. La columna participó en acciones en la sierra de Albarracín, aunque sin poder tomar Teruel. Pasó todo el mes de octubre en este frente.

 

Allí también en Teruel estuvieron otros muchos valverdeños, aunque en el bando de enfrente.

 

Una parte de la columna, un millar de milicianos, volvió  a Madrid cuando la capital fue cercada por las tropas nacionales en noviembre de 1936. Entre esos mil aparecían Lázaro Lazo Borrero y Manuel Fernández Feria. Este último nos contó sus peripecias en el Parque del Oeste y en la Ciudad Universitaria.   

 

Manuel Fernández Feria aún se sorprende de la escasa preparación de los milicianos republicanos que fueron sorprendidos por la Legión en el Hospital Clínico de Madrid a través de las alcantarillas, y de su escasa destreza para lanzar las conocidas bombas de cinta.[8]

 


  

Fortines de la Guerra Civil. Parque del oeste. Madrid

 

 

 


     

Hospital Clínico. Archivo fotográfico del valverdeño de José Dolores Macías

 

 

El frente de Aragón

 

Otros quintos del 35, como José Contioso Lineros, son enviados por entonces al frente de Aragón. Fue destinado a la 62ª División del ejército nacional, encabezada por el general de artillería Antonio Sagardía Ramos, el carnicero de Pallars. Cuando estalló el Golpe de Estado, Sagardía estaba en Francia, acogido a la Ley de Retiro de la oficialidad de Manuel Azaña. Tras la caída de San Sebastián organizó una columna con voluntarios vascos, navarros y riojanos, que marcharía a luchar al norte de Burgos, en su aproximación al frente de Cantabria. Era la Segunda Agrupación de la primera Brigada de Castilla que, tras haber permanecido a la defensiva, ahora iba a entrar en combate.[9]

 

 



Antonio Sagardía Ramos,

el carnicero de Pallars

 

En diciembre de 1936 pasa de Riosalido, pedanía de Sigüenza (Guadalajara)[10], a la población de Cella, a 20 km de Teruel, en las últimas estribaciones de la Sierra de Albarracín “donde estuvimos unos días antes de empezar la ofensiva”[11]. En otra carta sitúa su bautismo bélico en el 6 de enero de 1937[12]. Hace un frío terrible que él describe con su característico sarcasmo: por estas tierras del norte se ponen los hombres que hay que darles calentones de poco a poco tiempo, ya que la nieve contribuye a enfriar mucho la hombría.

 

Al decir de Casas Ologaray[13], la guerra formó parte de la vida cotidiana de Teruel: las líneas permanecieron casi invariables y, según avanzaba el año 1936, el frente se estabilizó alrededor de la capital, quedando aquella cercada y sujeta a los bombardeos republicanos, con una salida hacia su retaguardia a través del valle del Jiloca. A finales de diciembre de 1936, Teruel sufrió el primer ataque republicano importante: seis columnas avanzan sobre la ciudad, siguiendo la carretera de Zaragoza, pero la falta de armamento moderno y la descoordinación precipitaron su fracaso.

 

Allí, en la retaguardia turolense, se encontraba José Contioso: en Cella, el batallón preparó la ofensiva contra los republicanos que atacaban Teruel, y allí se producen los primeros estragos de la guerra. Después de la batalla afirma “ahora tengo mucho que decir, pero también tengo mucho que callar”, aunque a continuación decía que el único herido era uno resfriado que tuvo que ser hospitalizado. En su primera Navidad en el frente había recibido además  carta de su madrina de guerra, lo que no agradó a Dolores, quien se lo hizo saber en su carta de enero de 1937, lo que provocó cierto enfado en José.[14]

 

 


 

A mediados de enero de 1937, Contioso Lineros se encuentra en Cosa, aldea de la Comarca del Jiloca, al noroeste de Teruel: “Este pueblo de Cosa es poca cosa, chiquitín, y sin importancia, con pocas nenas, y aburridísimo”.

 

Poco a poco, la relación amistosa entre Dolores y el soldado se torna en noviazgo epistolar: José le pide buscar un fotógrafo gracioso que la sacara riéndose, y le confiesa “Estoy loquito por ti, me digo yo mismo, si la guerra acabara, olé me daba un tiro, quiero decirte el tiro de gracia, ese mismo que se dan los casados”. José estaba a punto de cumplir 24 años y añoraba rehacer su vida:

 

 Tengo una cosa encima que me anuncia la vejez. No tengo gusto para nada y me acompaña una paciencia enorme […].Cuando termine esta pesada guerra, cuál te crees es mi aspiración, dedicarme exclusivamente a mis trabajos y no salir de casa hasta no buscarme el bollo. El día 23 de abril hago los 24. Por esa fecha, a no haber venido la guerra tendría buscada mi vida y viviría en completo estado de tranquilidad”.[15]

  
 



                 Dolores Arroyo Arroyo, novia de José Contioso Lineros

 

Otros valverdeños estuvieron en Zaragoza y Teruel: Gregorio Pérez Malavé, José Dolores Pérez, Ildefonso Ramos Cejudo, José Méndez Moreno, Jesús Garrido Romero, Manuel Rivera Becerro, Ginés Fernández, Manuel Limón Duque o Luis Macías Cejudo. De ellos hablaremos en próximas entregas. 

 

 

 


Gregorio Pérez Malavé

 

 

José Dolores Pérez Cuesto

 


Ildefonso Ramos Cejudo

 















Jesús Garrido Romero



[1] Carta a su madrina. 24/03/39. En campaña. En ella decía saber por la Cruz Roja que todos los suyos estaban bien.
[2] En el juicio de responsabilidades políticas, él dice haber luchado en el 3º batallón de Cádiz, del ejército nacional.
[3] Entrevista a su hijo Diego Macías Matamoros.
[4] Estos datos los aporto María del Pilar Carrasco Díaz (1919 -2012 )  a su nieta María Rivas Corralejo.
[5] SÁNCHEZ RUIZ, Antonio (2012):  La UGT de Huelva. La represión a la Unión General de Trabajadores de Huelva  desde los Consejos de Guerra (1936- 1945).  Córdoba, Fundación para el Desarrollo de los Pueblos de Andalucía, p. 158. 
[6] Lázaro Lazo  hizo el servicio militar en Madrid en el Regimiento de Infantería 31, 1º batallón, 3ª compañía. En 1937,  Lázaro  fue nombrado sargento de infantería con fecha de 17 de agosto. Diario Oficial del Ministerio de defensa Nacional. Barcelona. 27/12/1937,  p. 610.
[7] Vid ESPINOSA MAESTRE, F., 1996. pp. 174-179.
[8] El relato es fruto de las conversaciones con uno de los protagonistas, Manuel Fernández Feria, nacido en 1916.  El otro, Lázaro Lazo Borrero, nacido en 1912, falleció en 1980, con 68 años de edad. Nunca habló a sus hijos, Mª Dolores y Gregorio, de su experiencia bélica y en opinión de algunos que le conocieron desde que terminó la guerra no fue el mismo”.
[9] SEMPRÚM, J.: Del Hacho al Pirineo. El ejército nacional en la Guerra de España. Actas Editorial, 2004. El estado de la cuestión, 10, p. 458.
[10] La familia no conserva las primeras cartas enviadas desde Riosalido.
[11] Carta de José Contioso Lineros de 18 de enero de 1937. Cosa (Teruel).
[12] Carta de 19 de marzo de 1938. Ayerbe.
[13] CASAS OLOGARAY, A.: La Guerra Civil en la comarca de Teruel. Comunidad de Teruel.
[14] Carta de 18 de enero de 1937. Cosa (Teruel). La Carta de Dolores llegó a Cosa un día antes.
[15] Carta de 18 de enero de 1937. Cosa (Teruel). Archivo de las hijas de José Contioso Lineros y Dolores Arroyo.

martes, 22 de marzo de 2016

CARTAS Y CRÓNICAS DESDE EL FRENTE Y LA RETAGUARDIA (III)


CARTAS Y CRÓNICAS  DESDE  EL FRENTE Y LA RETAGUARDIA
 LA GUERRA CIVIL VISTA DESDE VALVERDE DEL CAMINO (III)
 
Juan Carlos Sánchez Corralejo
 
El Andévalo. Paisaje y Humanidad
Actas de las V Jornadas del Andévalo, pp. 227-232


Facanías. Marzo de 2016.
 
 
 
Miedo, hambre y frío
 
El miedo es un hecho consustancial a la guerra. José Dolores Macías describía el frente de Madrid como “la tierra de los piojos, las ratas y las escaramuzas[1]; en las terrazas del Jarama se sintió impresionado por la acumulación de muertos y el trabajo sin descanso de los camilleros que obligó a decretar una tregua para recuperar los cadáveres; en el cuartel de la Escuela de Arquitectura de Madrid, el miedo a las explosiones de minas se combatía cantando “Ardor guerrero”, el himno de la infantería o “El octavo de Toledo/es un batallón sin miedo[2]. Después de la guerra, Francisco Lorca Gutiérrez solía decir a sus hijos: “No disparé a nadie, yo cerraba los ojos y disparaba al cielo”.
 
  
 
 
José Dolores Macías
 
 Naturalmente, el miedo era proporcional al puesto ocupado. Entre los valverdeños encontramos artilleros, zapadores, soldados de infantería y de caballería, enlaces y varios destinados en intendencia como cocineros, panaderos o chicos cuartosIncluso zapateros como Benito López Calleja, que echaba tapas a las suelas de las botas de sus compañeros de batallón. 
 
El miedo se acentuaba si los mandos ordenaban abandonar la relativa tranquilidad de las trincheras y atacar las fortificaciones enemigas[3]; y aumentaba entre los inquilinos de los campos de concentración, como los de Tarancón, Castuera, Alcubillete o Valdehigueras, referidos en este estudio, o con los trabajos forzados a los que eran sometidos los batallones de prisioneros republicanos de la Casa de Arquitectura de Madrid, que refiere José Dolores Macías. El contrapunto al miedo lo ponía la suspensión de un ataque de alto riesgo, o la satisfacción de lograr escapar de la cautividad, a través de las galerías y pozos subterráneos.[4]
 
 

Trincheras del Manzanares. Archivo fotográfico de José Dolores Macías
 
 
Al miedo contribuyeron asimismo las advertencias e intimidaciones como elementos de control: Antonio Rosa Llanes, de quien era conocida su vinculación izquierdista, fue amenazado con matar a su padre, Santiago Rosa Calderón, en caso de cambiarse de bando; a José Fernández Feria, hermano del cenetista Manuel –unido a las milicias republicanas–, su capitán de la Legión lo obligaba a ir consigo en misiones de vanguardia, en Córdoba, para ponerlo a prueba; Jesús Garrido Romero, miembro de la UGT y aprendiz de laboratorio de las Minas de Castillo-Buitrón, fue obligado a alistarse para purgar el expediente de su padre, Felipe Garrido Pulido, acusado, como otros muchos artificieros, de ciertas explosiones previas a la batalla del empalme; Francisco Matías Gorgoño fue despedido de la Inval por su condición de afiliado a la UGT y, tras volver de la guerra, tuvo que irse a vivir al molino de La Melera.
 
 
Jesús Garrido Romero
 
  
Algunos quintos valverdeños de 1935 pasaron la Nochebuena de 1936 en Móstoles y tuvieron que aprender a hacer chocolate caliente con las tabletas compradas en Navalcarnero, que, pese a su excesiva densidad, fue devorado por los miembros del batallón. Pero pronto vino el hambre y hubo que recurrir a las bellotas llegadas de Valverde, en alguna ocasión fritas.
 
En la batalla del Jarama casi nunca había rancho, debido a la dificultad para encender las cocinas de campaña, y la comida caliente fue sustituida por sardinas enlatadas y chorizos, eso sí, en múltiples combinaciones: “con el fin de poder encontrarle alguna variación unas veces comíamos primero las sardinas, otras los chorizos y como plato ya de esmerado lujo abríamos las citadas latas de sardinas y las poníamos al fuego con unos trocitos de chorizos envueltos”. José Dolores Pérez Cuesto le contaba a sus hijos que pasaron más sed que hambre: “nos bebíamos el caldo de las sardinas y tirábamos la sardinas”.
 
Miguel Macías afirmaba haber perdido 20 kilogramos en el batallón de Pérez Salas[5].Si se disponía de algo de dinero podían comprarse tabletas de chocolate a los marroquíes, quienes se jugaban el físico en el trapicheo[6]. Incluso a veces había café con azúcar, hecho con agua destilada en las caretas antigases para quitarle el extraño sabor que traía[7]. En las trincheras de Madrid se cocinaron lagartos y alguna que otra culebra despellejada[8].
 
Junto a los alimentos del cuerpo, no debía faltar el alimento del espíritu, el tabaco, ya que reducía el apetito y aliviaba el estrés. José Dolores Macías, que no fue fumador de juventud se entregó a la chupadera- en sus propias palabras- para combatir el tedio y la vida en las trincheras de la Casa de Campo de Madrid.[9]
 
 

 
Alimento de soldados                                 








       José Dolores Pérez Cuesto
 
 El frío provocaba intensos dolores de barriga[10], pero además, en el frente de Madrid, los soldados debían dormir en camastros de monte bajo y apretujados con el compañero para combatir la frialdad y la nieve de diciembre; en la batalla del Jarama se construían pequeñas chabolas, fabricando un agujero en la tierra para dos: sobre el cobertizo de retamas y encinas dormían de forma inseparable los compañeros, que solo se despertaban por el calor de la proximidad o por el vuelo de los piojos[11]. Los camastros de las trincheras de Zújar eran idénticos a los del frente de Madrid, y las zanjas abiertas en Ciudad Real similares a las del Jarama. Nos lo cuenta el propio Antonio Gamonoso Gutiérrez a sus 94 años.[12]
 
 
 
 

 
Trincheras del Zújar
 
 
Las botas, a menudo, venían de Valverde; otras veces de soldados caídos en la batalla. José Dolores Macías recibió en el frente de Móstoles unas que le fabricó su propio padre, José de Jesús Macías, en su banquilla del Peño Escalón, y más tarde rechazó otras de becerro seminuevas que le ofreció su amigo Isidoro Hidalgo, tomadas de “uno tumbado que ya nunca las necesitaría”, muerto en la toma de las Rozas y Majadahonda.[13]
 
Los oficiales tenían sus prebendas. Cuando José Dolores Macías ascendió a sargento se fue a vivir a una fonda de Melilla, pudo hacerse un traje militar de 80 pesetas y, en caso de ausencia de servicio, podía irse al cine o de pesca en espera de su nuevo destino[14]. En noviembre del 37, durante uno de los descansos del servicio en la Ciudad Universitaria de Madrid, los sargentos, oficiales y jefes vivían en casas particulares de Parla[15], y en la posición del chalet de Villa Lucrecia, en las afueras de las Rozas, dormía nuestro hombre en habitación propia aunque en un somier sin colchón[16]. Siempre, una retirada temporal hacia la retaguardia era un alivio. José Dolores Macías pasó de Getafe a Cáceres, debido a su intenso eczema, y de allí al recién estrenado hospital de Valencia de Alcántara, habilitado en el antiguo casino, donde puso más de 9 kilos.[17]
 

 
Comida de oficiales. Entre ellos José Dolores Macías
 
También había en la guerra lugar para el solaz: Manuel Bernal Arroyo, de la quinta del 39, gustaba de leer el Quijote en una trinchera de Córdoba. Juan Parreño Pérez, que no pudo pisar la escuela primaria, pudo culturizarse con unos libros de geografía que le prestó su sargento y que se trajo luego a Valverde.
 
La vista de una moza agraciada alentaba siempre los ánimos de la soldadesca: «Si aparecía una mujer y esta era joven, unos nos mirábamos a los otros como el que ve lo que creyó ya no existía en el mundos»[18].
 
A veces, los soldados tenían tiempo para hacerse fotografías, o para hablar con algún paisano de las trincheras de enfrente[19]. Incluso, junto a las treguas para recoger cadáveres, también hubo armisticios, en las trincheras del Jarama, para los intercambios de productos entre los dos bandos[20]. También en las trincheras del Zújar bajaban cada atardecer tres o cuadros soldados de cada bando, desprovistos de galones para el intercambio diario: los milicianos republicanos aportaban el papel procedente de Alcoy, mientras los nacionales aportaban el tabaco, llegado de Canarias y Marruecos.[21]
 
José Rivera Rivera
 





José Rivera Rivera en un momento de solaz. 1937. Cercanías del Alto de los Leones. 
 
 

    


Momento de relax en la Casa de Campo.  Archivo fotográfico de J. Dolores Macías
 
La guerra estuvo llena de escenas de horror y alguna que otra de enorme humanidad. Jesús Garrido Romero, de la quinta del 37, se sintió impresionado por los saqueos de las tropas marroquíes, capaces de cortar el dedo a un cadáver para sacarle el anillo y él, en cambio, tras recoger la documentación de un muerto republicano valenciano con mujer y dos hijos, se la envió a la familia, en plena guerra, “para consuelo de sus familiares”.
 
La guerra fue también lugar de amistad. José Blas Santos recordaba siempre a varios compañeros de Doña Mencía, Córdoba; Diego Macías se carteó durante años con su amigo almeriense Ginés Cervantes, maestro de escuela, depurado por el franquismo y reconvertido en barbero, quien visitó a la familia valverdeña en varias ocasiones, y se convirtió en el tito Cervantes.
 
Todos sin excepción encontraban alivio en las cartas a su novia, a la familia o a la madrina de guerra, aunque a veces hacía falta echar mano de una persona que hubiese pasado por la escuela. José Manuel Mantero Vizcaíno ayudaba en tal menester a otros compañeros de trincheras que no tuvieron dicha suerte.
 
 En la retaguardia ocurría otro tanto de lo mismo: José Blas Santos recibía cartas de su madre, Flora, que en realidad escribía su sobrina política, Josefa Moya. Amparo Ramos Suárez, hija del célebre Pelachingo, escribía sonoras rimas a su novio  Manuel Rivera Becerro, chico cuarto, apelando a Jesucristo, el niño “Manué”: “cuídamelo con gozo / que eres tocayo de mi mozo”.
 
También hay carteo entre los quintos y amigos que se hallan en otros frentes de guerra, y cada uno se preocupa del devenir de los demás. A través de las cartas de José Contioso sabemos que otros valverdeños, Pollito y Pinto, fueron heridos en Vitoria a principios de 1937, que Pollito llegó a Valverde con un mes de permiso, pero con todos los dedos inútiles, o que Casiano Hidalgo no había entrado en combate en febrero del 37. José Contioso reconoce su reticencia para escribir a los amigos que se hallaban en el Jarama como José  Castilla o José Dolores Macías. A través de las cartas, los amigos se siguen en la distancia: José ve muy a menudo a Quini[22] y sigue el paradero de Blas Ramírez y Herrera, que estaban en Valverde, creemos entender antes de marchar al frente.[23]
 
 
Cartas y crónicas desde el frente. La batalla de Madrid, la batalla del Jarama y el frente de Aragón (diciembre de 1936 - febrero de 1937).-
 
El primer intento de conquista de Madrid
 
Varios valverdeños estuvieron en el frente de Madrid al iniciarse la guerra civil. Casi todos eran quintos del 35, como Antonio Lazo Borrero, José Dolores Macías Delgado, Isidoro Hidalgo, Benito Gómez, “el Melo”, José Castilla Jiménez, Gustavo Lorca, Juan Corralejo Santos, Francisco Calleja Mora, Juan Romero Gómez y otros muchos[24].
 



Isidoro Hidalgo.
 
José Dolores, Benito y Gustavo se formaron como enlaces, aprendizaje que luego les serviría en el frente de Madrid. Marcharon de Valverde a mediados de octubre, hicieron la instrucción en el cuartel del batallón de cazadores nº 7 de Ceuta, sito en Melilla, y de allí pasaron al frente de Madrid. El 12 de diciembre llegaron a Móstoles engrosando la columna del general Varela. El 16 de diciembre fue su bautizo de fuego: participaron en la toma de Boadilla del Monte y en el intento infructuoso de tomar  Majadahonda[25].
 
Varios valverdeños participan en la toma de Las Rozas, el 2 de enero del 37, formando parte de la columna del coronel Fernando  Barrón Ortiz, y de allí pasaron a las trincheras de Majadahonda, donde murió un paisano, Corralejo, aprendiz en la carpintería de Florencio Salas, el 12 de enero de 1937:“Todos pensamos que ese sería el final que a los demás nos aguardaba”. Poco después fue herido el cabo Isidoro Hidalgo, de metralla en la cabeza. Después de dos semanas de relativa tranquilidad, fueron enviados a la batalla del Jarama, donde se intensificó el hambre y los muertos. En el petate llevaban sus máscaras contra gases asfixiantes, y algunas botellas de bebidas alcohólicas que hallaron en una bodega, con las que aliviaron la tensión y el miedo.[26]
 
   
.                         Casa Mariano. Las Rozas   
 
 
 
 
Algunos quintos de 1932, como José Rivera Rivera, José Manuel Mantero Vizcaíno o Andrés Rite, estuvieron en el Alto de los Leones, en la Sierra de Guadarrama, puerto de montaña que une las provincias de Madrid y Segovia, convertido en bastión de los nacionales. Allí se construyeron fortines y trincheras excavadas en la roca, como posición estratégica de primer nivel, que permitía controlar la ruta entre Madrid y Castilla la Vieja y, un poco más en la distancia, la carretera de La Coruña[27].
 
 
  
Antonio Rosa Llanes






                    












Juan Parreño Pérez
 
 
Hubo valverdeños en el Tajo, en Talavera de la Reina, y en el sur de Madrid, como Antonio Rosa Llanes, Juan Lazo y Juan Parreño Pérez, quien, con su memoria prodigiosa, relataba a diario sus vivencias bélicas en el frente sur de Madrid, y sus peripecias en Seseña, Aranjuez o Chinchón.[28]
 



[1] MACÍAS DELGADO, J.D.: La Guerra que yo viví. 1936-1939. Inédito, 1996, p. 148.
[2] MACÍAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 91, p. 151 y p. 186.
[3] MACÍAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 202.
[4] MACÍAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 195 y p. 205.
[5] Carta a su madrina de paz. 24 de marzo de 1939.
[6] MACIAS DELGADO, J.D. op. cit., “Primera Nochebuena en el frente, pp. 59-62 y pp.77-78. “Las comidas del Jarama”, p. 99. “Cómo conseguimos café y azúcar”, p. 100.
[7] MACIAS DELGADO, J.D. op. cit., “Cómo conseguimos café y azúcar”, p. 100.
[8] MACIAS DELGADO, J.D. op. cit., pp.174-175.
[9] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p.156.
[10] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 104.
[11] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 50 y p.100.
[12] Entrevista a Antonio Gamonoso Gutiérrez, quinto de 1941.
[13] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 43.
[14] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., pp. 137-142.
[15] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 155.
[16] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 166.
[17] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., “Salida para el hospital”, p. 104.
[18] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., p. 155.
[19] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., “El rio Manzanares”, pp.189-190.
[20] MACIAS DELGADO; J.D., op. cit., “Intercambio de productos”, pp.193-194.
[21] Entrevista a Antonio Gamonoso Gutiérrez.
[22] Carta de José Contioso. 4 y 12 de febrero de 1937. Espinosa de los Monteros.
[23] Carta de José Contioso. 17 de febrero de 1937.
[24] Entrevistas a sus hijos Pedro Lazo Padilla, Pedro y Manuel Macías, Mª Patrocinio Lorca y Juan Corralejo Bautista.
[25] MACÍAS DELGADO, J.D., op. cit., Entrevistas a sus hijos Pedro Lazo Padilla y José y Manuel Macías Arroyo
[26] MACÍAS DELGADO; J.D., op. cit., La toma de Majadahonda y Las Rozas, pp.  63-75. Casa Mariano, p. 81.
[27] Entrevista a Reposo Mantero e Ildefonso Rivera.
[28] Entrevista a sus hijos Isidoro, Magdalena y Juani  Nacido en 1915, se incorporó en Melilla para la instrucción.