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jueves, 17 de febrero de 2011

ETNOGRAFIA DE VALVERDE DEL CAMINO: OFICIOS PERDIDOS (III): TELARES Y TALABARTEROS

LOS TELARES DE VALVERDE DEL CAMINO.-
  
Por Juan Carlos Sánchez Corralejo
TELARES Y TALABARTEROS VALVERDEÑOS DEL  SIGLO XX (II). En Raíces, nº 4, págs. 34-35.
 En el Valverde del siglo XX conviven en armonía los telares horizontales y verticales.

    Los telares de urdimbre vertical o de alto lizo estaban constituidos por dos montantes verticales y dos travesaños horizontales -denominados, en Valverde, «entellones»-, formando una estructura semejante al marco de una puerta, con una anchura aproximada de un metro, y dos y medio de altura. Los largueros verticales aparecían cogidos al muro con tacos de madera y, asimismo, eran introducidos en el suelo e inclinados ligeramente hacia la pared, todo ello a fin de procurar la mayor estabilidad posible. Estos entellones eran móviles -iban encajados en agujeros laterales-, para permitir modificar el tamaño del telar en función de las necesidades de cada momento.


  La función de este telar -derivada de su propia esencia- era mantener los hilos de la urdimbre -aquellos que aparecen en disposición vertical- bien tensados y ordenados para facilitar a las tejedoras la pasada de la trama, los hilos o hebras extendidos en disposición horizontal. Observando a alguna de las tejedoras valverdeñas -Leonor Bermejo nos hizo una demostración ex profeso- más que de trama habría que hablar de tramoya, ya que su trabajo parece más que una realidad una ficción o un engaño de la vista, por el derroche de maña, habilidad, destreza e ingenio que desarrollan.


    La operación de urdir consistía en disponer los primeros hilos, a partir de los cuales habría de formarse, casi de la nada, la tela. El urdido -de esparto, cáñamo, pita o algodón- dependía de la pericia y conocimientos de las tejedoras. Las más diestras comenzaban cruzando los hilos de dentro a fuera, a través de los travesaños del telar.
A continuación introducían una o dos espadillas para sujetar el cruce.

Tras realizar los lizos, comenzaban a tejer. Cada vez que tiraban del lizo se cruzaban de nuevo los hilos e introducían el cabo de la trama por la calada, de izquierda a derecha y viceversa, con celeridad y urgencia desmedidas.       Las tejedoras menos expertas, hacían pasar los hilos continuos, sin cruce, entre los travesaños con una distancia aproximada de 10-12 cms. A continuación cruzaban los hilos, con los dedos, de forma que los de número par quedaran delante y los impares detrás.



     Por la abertura o calada obtenida, se metían los extremos o cabos de la trama, debidamente asentados con la espadilla o «espajilla», pequeño cuchillo de madera, a fin de lograr la mayor firmeza, solidez y resistencia del tejido. Estas espajillas -realizadas en madera de encina- y los entellones eran fabricados en el propio Valverde por José María Borrero, «el jarguazo», quien además realizaba arados de palo y angarillones en su taller de carpintería del Cabecillo de la Cruz, 36, y en su domicilio particular de la calle del Duque.
   
 Nuestros talleres poseían espajillas de anchura variable, que oscilaban entre 10 y 2 centímetros. Las más pequeñas servían para terminar el tejido en la parte superior del telar. Finalmente, cuando ya no cabía la mano, se empleaba una aguja de hierro de unos 30 centímetros para conducir el paso de la trama.




    Durante el proceso de tejedura, era necesario mantener pisado, con el pie derecho, el entellón inferior para preservar tensa la tela. Conforme se iba tejiendo, se soltaba levemente la pisada del entellón para que cediera el tejido y permitir, de esa forma, el cruce de los hilos.




    La anchura de las piezas obtenidas en el telar vertical estaba perfectamente estandarizada y tipificada: 8 pares de hilos para la jáquima, de 12 a 18 pares para las cinchas y de 16 a 18 para los ataharres.
           

Telar vertical. Taller de Domingo Bermejo Carrero 





    La reconstrucción de los telares valverdeños de urdimbre horizontal o de bajo lizo sólo ha sido posible a partir de algunas fotografías del taller de Rafael Borrero y de algunas piezas sueltas, a saber, un juego de lanzaderas (manuales y volantes) y varias garruchas, espajillas y palos de urdir del citado telar -cobijados actualmente en el Museo Casa-Dirección-, así como dos peines procedentes del antiguo telar de Manuela Carrero Malavé, en la actualidad propiedad del sacerdote D. José Antonio Díaz Roca, que reposan en Moguer.
   
Su esqueleto estaba formado por un armazón de cuatro montantes de madera unidos por cuatro largueros horizontales en la parte superior e inferior, y largueros transversales -reforzados con los travesaños superiores-, formando un andamiaje cuadrangular provisto de cuatro patas.

 

Las partes fundamentales del telar son:


 -El plegador, enjullo, «ensullo» valverdeño, orullo u onsullo andevaleño (Vid. Limón Delgado, 1982, 124). Se trata de un rodillo cilíndrico o cuadrangular de madera, colocado horizontalmente entre los dos montantes posteriores. En él se enrollan los hilos de la urdimbre (plegador de hilo) y de él salen tensos y paralelos. Otro enjullo aparecía entre los montantes delanteros para enrollar o plegar el tejido terminado (plegador de tela). Cada ensullo es atravesado por un garrote o madero que actúa de palanca para hacerlo girar conforme avanza la labor del tejido.
   
 -El guiahilos era un pieza, a veces de porcelana, vidrio o metal, cuya misión es dirigir el movimiento de los hilos y graduar la tensión de los mismos. En Valverde, la función del guiahilos era realizada por simples cáncamos o aros de cortina.





-Los lizaroles, dos listones de madera situados, en sentido horizontal, encima y debajo de los hilos de la urdimbre y provistos de hilos llamados lizos. Los más antiguos -por ejemplo los de Domingo Bermejo- eran de cuerda, pero desde la década de 1940 dominan los lizos de acero. Estos últimos poseían una abertura, «ojetes» u «ojales» en su parte media por donde pasan los hilos de la urdimbre, de modo que al levantar un juego de lizos subían todos los hilos de la urdimbre que pasan por los ojetes de cada juego (Vid. Timón Tiemblo, M.P., 1980).
 Están dotados de un movimiento vertical alternativo, cuya misión es separar los hilos en dos mitades, diferenciando así dos capas y formando una abertura entre ellas denominada calada, por la que se introduce la trama.  En Valverde, a toda la estructura formada por lizaroles y lizos se la llamaba genéricamente lizos y procedían,  a menudo, de telares de segunda mano.

   
-El batán o canal, tabla o bastidor de madera rectangular sobre la que se desliza la lanzadera y en la que se colocan los peines, dos pares de reglas horizontales de madera a las que van fijadas delgadas varillas de acero o alambre, llamadas «dientes» -por su semejanza con las púas de un peine- entre las cuales pasan los hilos de la urdimbre. La longitud del peine determina el ancho de las piezas. El peine se accionaba, alternativamente, con las dos manos, gracias a la «abrazadera».

Peine del taller de Manuela Carrero Malavé
Propiedad de Jose Antonio Diaz Roca. Moguer.





    -El valverdeño es un telar de dos pedales y dos lizos. Todos los hilos impares de la urdimbre están unidos a un lizo y los hilos pares a otro. Cada uno de los dos lizos aparece atado a un pedal de madera, «pisadera» o «esprimidera». Al tiempo, los lizos penden de un travesaño y están conectados a dos poleas, «carretillas» o garruchas de madera, por donde pasa una cuerda, cuyos cabos se anudan directamente a los lizos, facilitando el ascenso. La acción de los pedales y poleas permiten crear el hueco o calada, entre los hilos, por donde pasa la lanzadera.





    -El banquillo del tejedor aparecía adosado al telar y era suficientemente largo y variable en su altura. Otro elemento que suele aparecer en algunos telares manuales es el templén o «trempé», formado por dos piezas de madera alargada que servían para tensar y regular el ancho de la tela que se iba tejiendo. Por contra, en Valverde el proceso de tensado se realizaba con un palo o garrote que atravesaba la sección del ensullo. Los portacanillas de cajón completaban el utillaje del taller.

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