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sábado, 15 de marzo de 2014


VALVERDE Y EL BUITRÓN. SU PARTICULAR VALLE DE LOS CAÍDOS .

 
La Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos fue construida  entre 1940 y 1958  en el municipio de San Lorenzo de El Escorial, en la Sierra madrileña de Guadarrama. Francisco Franco ordenó su construcción para perpetuar la memoria de los caídos de la Guerra Civil –lo que la pompa franquista denominaba “nuestra gloriosa Cruzada”-, y está enterrado allí junto a José Antonio Primo de Rivera y otros 33.872 combatientes de la Guerra Civil.
 

Sus obras contaron con el sudor de miles de presos republicanos. Rafael Torres los cuantificó en su día en unos 20.000, y este mismo autor los llamó los Esclavos de Franco en su libro homónimo, que nos acerca al inframundo de los trabajos forzados de los presos políticos del franquismo. Por esta vía pudieron redimir parte de su condena según el patrón «un día de trabajo igual a dos días de remisión de pena». Algunos de ellos –pocos- obtuvieron la libertad y pudieron continuar su tarea hasta el fin de las obras como personal libre contratado. 

       El escritor Daniel Sueiro, en El Valle de los Caídos: los secretos de la cripta franquista,  afirma que mediante el  mecanismo de la redención se trató de liquidar, con la celeridad  de las urgencias, el colapso penitenciario surgido con motivo de la guerra, y por ello se autorizó al Patronato a aumentar hasta cinco días de redención por uno de trabajo, a fin de descongestionar las cárceles.
 

       El baile de cifras seguramente continuará en el futuro, lo mismo que la carga ideológica en torno al significado real de la participación de prisioneros republicanos en las obras del Valle de los Caídos, a no ser que aparezcan fuentes suplementarias que pongan ecuanimidad y datos fiables por encima de postulados preconcebidos. Unos afirman que la mayoría de los prisioneros, en torno a 27.000 soldados republicanos, murieron por la dureza del trabajo y los continuos accidentes. Otros tratan de minimizar su labor aniquiladora y la reducen a unas decenas de personas.

 

Acaba de salir al mercado la segunda edición de Del grupo Escolar al CEIP Menéndez y Pelayo de Valverde del Camino. En su capítulo inicial hemos establecido ciertos paralelismos entre ambas obras, el ostentoso y grandilocuente Valle de los Caídos, frente a la humilde traza y la, más humilde aún, edificación de un pobre Grupo Escolar, erigido en una pequeña población onubense de forma paralela a los últimos días de la República y al estallido de la Guerra Civil.

 
La terminación del Colegio se entremezcló con la toma de Valverde y de El Buitrón por parte de las tropas nacionales, y con la acción posterior de las guerrillas republicanas. Tras el pronunciamiento militar se formó en Valverde un comité circunstancial en defensa de la República, que detuvo a las principales personalidades de la derecha local, aunque el 29 de julio sus miembros, ante la presión de la columna nacional, huyeron hacia Zalamea. Ese dia se produjo la toma de Valverde por las fuerzas nacionales. Espinosa Maestre reconstruyó la formación de la Comisión Gestora provisional, compuesta por miembros de Falange, que dio paso a un Directorio formado por 4 militares retirados, y cómo a principios de agosto de 1936 llegan a Valverde las fuerzas del capitán Manuel Lora Romero, y 60 guardias civiles al mando del teniente Federico Gómez Hidalgo.

 
                En septiembre de 1936, Valverde era nacional. El viernes 4 de aquel mes  visitó la localidad el Gobernador Civil y Comandante Militar, Gregorio Haro Lumbreras, acompañado de las autoridades militares y del Inspector Jefe delegado de Primera Enseñanza, Celestino Minguela. Entre los asistentes al acto de recibimiento destacaban las niñas y niños de los colegios, con las banderas nacional y de Falange, acompañados por sus maestros, tal como comentaba el cronista Antonio Martín Mayor. El arcipreste local bendijo los crucifijos que habrían de ser entronizados en las escuelas. Valverde aparecía adornado con arcos de follaje, banderas y colgaduras, y hubo misa en la Plaza Ramón y Cajal, donde había sido instalado un altar, presidido por la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

La batalla del Empalme, en la madrugada del 7 de agosto del 36, fue apenas un espejismo y El Buitrón cayó en manos nacionales, tras lo que fue diezmado –en expresión de Juan Manuel Macías Ramos en un relato construido a partir de sus charlas con Reposo Martínez Carranza-. Las nuevas fuerzas vivas de la sociedad –militares, políticas, quizá religiosas- no podían perdonar el desacato. Los habitantes de El Buitrón fueron convertidos de un plumazo, por parte de la propaganda, en elementos marxistas levantados en armas contra bando de 18 de julio de 1936 del Jefe de la 2ª Division Orgánica, que declaraba el estado de guerra. Sus expedientes carcelarios refieren que organizaron guardias y el reparto de comestibles, que secundaron a las columnas mineras de Riotinto, y que saquearon y profanaron la iglesia de la pequeña localidad. En ningún lado se hablaba de defensa de la legitimidad democrática, sólo de rebeldía e insumisión. Muchos buitroneros fueron fusilados de manera fulminante, desde el 21 de septiembre y a principios del octubre del 36. Tampoco aquí nos ponemos de acuerdo, 25 muertos, quizá 32. Para el resto se pensó en una muerte retardada.

 
Mientras tanto, en Valverde, a finales de enero de 1937, se forma una nueva gestora municipal, y mientras los avatares políticos tensionan las relaciones sociales del municipio, a lo largo de 1936 y 1937 se ultimaban las obras del colegio, a cargo del contratista valverdeño Manuel Vázquez Batanero. Nunca el grupo Escolar tuvo el sentido regio y grandioso de la construcción de Cuelgamuros, pero un hilo invisible parece unir el destino de ambas edificaciones. En las  obras del Grupo Escolar trabajaron varios prisioneros de guerra, muchos de ellos naturales de la cercana aldea de Buitrón, que dejaron su sudor en esta obra por la promesa de ver conmutada su pena de muerte, sin saber que morirían fusilados.

 
Algunos de ellos fueron los hermanos Antonio, Carmelo y Candelario Vázquez García, Ignacio Bonaño García o Sacramento García Mariscal, todos ellos ajusticiados entre septiembre y octubre de 1937. Carmen Martínez Vázquez cree recordar que  no llegaron a terminar la obra, que los mataron antes, aunque por las fechas no debió ser así. Candelario fue fusilado el 21 de septiembre de 1937, junto a Sacramento García; Carmelo el 3 de octubre de 1937, junto a Ignacio Bonaño, en Valverde. Antonio Vázquez fue fusilado en El Buitrón. Todos ellos eran hombres de campo. Carmelo tenía 36 años, Candelario 34, Sacramento García 33, e Ignacio Bonaño 29. Candelario y Sacramento fueron acusados de ser peligrosos marxistas y de hacer guardias con armas, y de tomar parte activa en el saqueo de la iglesia y el incendio de sus imágenes. 

No sabemos quién trajo a los prisioneros de El Buitrón a las obras del Grupo Escolar de Valverde. Sí, en cambio, que un Decreto de 28 de mayo de 1937 establecía el derecho al tra­bajo de los prisioneros de guerra y presos no comunes, a fin de redimir sus  penas, aunque limitaba sus faenas al escalafón de peones, con el jornal corres­pondiente a esa categoría.

           El 2 se septiembre de 1937 se celebró Consejo de Guerra en Valverde del Camino -recogido por J.J. Antequera y J.J. Luengo- contra Sacramento García, Candelario Vázquez y  Francisco Martínez Carranza, acusados de ser  peligrosos marxistas que hicieron guardias con armas”. Junto a ellos, otros muchos aldeanos de El Buitrón: Celedonio López González y Nicolás García García, cargos directivos en el comité revolucionario; Francisco García Rodríguez, “uno de los promotores del saqueo de la Iglesia”; Antonio López Márquez, “por entregar voluntariamente una escopeta de su propiedad para ayudar a la rebelión marxista”; Juan González Ramos, por romper la pila bautismal de la iglesia de la aldea; Gregorio Ramos  García -padre e hijo-, el padre por sus ideas extremistas y ser propagandista del comunismo, el hijo por propagador del comunismo y por haber participado en el saqueo de la iglesia; Apolonio Rabadán García y Francisco García Arroyo, por tratarse de  “sujetos peligrosos”. Todos ellos fueron acusados de rebelión militar y auxilio a la misma. Pero también todos ellos fueron acusados de participar en el saqueo de la iglesia y en la profanación y quema de sus imágenes y ornamentos, elemento este último resaltado de forma clara durante el proceso judicial -hoy lo  llamaríamos proceso criminal-.

 
            Los prisioneros de guerra de El Buitrón antes detallados participaron de forma activa en la construcción de seis aulas o grados del Grupo Escolar, el porche, los austeros retretes y lavabos, y quizá encalaron sus paredes exteriores o pintaron sus clases al temple. Fueron fusilados coincidiendo con la llegada de los primeros chiquillos a las aulas del Grupo Escolar. Resulta macabra la coincidencia, aunque no sepamos llegar a acertar si se trató de una  simple casualidad o una concurrencia buscada. La historia escolar posterior ocultó este drama, convertido en el particular Valle de los Caídos de Valverde y, de manera especial, de El Buitrón. 

            En el mismo Consejo de Guerra acompañaron a los aldeanos Cecilia Lente Bárbara, residente de Aroche, por facilitar noticias a un fugitivo; Manuela y Eduviges Moreno Suárez, María Jesús González García, Josefa García Castilla, Saturnina García Castilla y su esposo, Antonio Delgado Rodríguez, Adela García Castilla y José González Contreras, todos ellos parientes y auxiliadores de fugitivos; Antonio Delgado Rodríguez, Antonio Forero Romero (vendedor de la Plaza de Abastos, íntimo amigo de uno de los más destacados fugitivos de Valverde, Abel Mora Torres), por recoger las armas del cuartel de la Guardia Civil que debían ser repartidas entre los elementos marxistas, por pasarse al bando Nacional de forma interesada, para de nuevo luchar del lado de la legitimidad democrática. 

 

Estos hechos solo fueron una pieza minúscula de una enorme barbarie, un episodio de odio más entre las dos Españas. No pararon de morir inocentes en las tapias de los cementerios. La cordura nos abandonó y se impuso la sinrazón.         

 

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