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viernes, 15 de mayo de 2015

DE LA FABRICA DE LA LUZ DE FLEMING A LA SEVILLANA DE ELECTRICIDAD


Retales de Valverde del Camino en las décadas de 1930 y 1940 (III). La economía que venció a la crisis. Notas sobre el suministro eléctrico (3ª Parte)

Juan Carlos Sánchez Corralejo
Revista Facanías. Abril de 2015.
Trabajo para muchos valverdeños

 
La fábrica de la luz de la familia Fleming fue, en en los años centrales del siglo XX, la empresa que dio luz a Valverde, y una potente empresa  en la micro-escala local, que dio trabajo a muchos lugareños: el área de administración estaba dirigida por Juan Sánchez Batanero, nacido en 1880 quién entró a trabajar en la empresa en septiembre de 1917 y no se jubiló hasta mayo de 1951, con 70 años de edad. Estuvo secundado por varios oficiales: su hijo José Ildefonso Sánchez García, auxiliar contable desde 1925 a 1975; Juan Castaño Parreño (1917), que ingresó en la empresa en enero de 1941 y que desde 1965 sería subjefe de sección; Juan Esquina Quiñones (1920-1954), desde diciembre de 1936 hasta su fallecimiento, que compaginaba la oficina y la lectura de contadores; Agustín Sánchez Ramírez (1930), que comenzó a trabajar en 1947, tras la baja de Alberto Domínguez, sin contrato y ya de forma oficial y definitiva con 22 años, en septiembre de 1953, al volver de sus dieciséis  meses de servicio militar en Canarias, y que en 1975 pasó a Sevillana de Electricidad; y Francisco Quiñones Romero, aunque solo desde 1954 hasta su fallecimiento tres años después, en enero de 1957[1].
 
A ellos se unieron con posterioridad Manuel Mora Macías, quien permaneció doce años en la empresa desde 1956 a 1969; los hermanos José Manuel y Eugenio Encina del Valle, quienes se incorporaron en 1959, procedentes de la extinta fábricas de calzados Culmen S.A., aunque su estancia fue reducida: en febrero de 1963, José Manuel se fue a trabajar a Combustiones y Suministros S.A., y justamente un año más tarde Eugenio pidió el cese voluntario para marcharse a las oficinas de Suministros del Hogar S.A., distribuidor de butano para las pueblos de la provincia. Fernando Hidalgo Romero se incorporó a la plantilla en 1964, y en 1975 hizo el trasvase a Sevillana de Electricidad.

 Destacaron entre los electricistas Francisco Domínguez Baquero, responsable de la estación central de Triana, nacido en 1877 en Puebla de Guzmán, quien entró en la estación en 1915 y no se jubiló hasta diciembre de 1952, con 75 años de edad, aunque desde la década de 1930 el instalador jefe era Miguel Gallart Mora (1894-1976) hasta su jubilación en septiembre de 1962. Entre los ayudantes de instalación aparecen Tomás Gallart Mora (1907-¿?), encargado de las instalaciones eléctricas y las reparaciones, jubilado en 1953 tras larga enfermedad; Ramón Mora Rodríguez[2] (1899-1991), quien, procedente de la fábrica de harinas, fue ayudante instalador y oficial de segunda, con 42 años de permanencia en la misma, desde 1922 hasta 1964; o Alberto Domínguez Almeida quién  permaneció en la empresa desde 1939 hasta 1947, antes de abrir el Bazar de La Calleja junto a Isidoro Romero Parreño.
  
Algunos de aquellos electricistas trabajaron además en el taller mecánico de la mina de Sotiel Coronada y en la subestación eléctrica de Calañas. Muchos valverdeños recuerdan aún a Miguel Gallart Mora como el principal responsable de la instalación eléctrica, y su deambular por las casetas era continuo antes de los días de feria, para que todo saliera a la perfección. José Vélez Ruiz, “el Pirraco”, era instalador eléctrico con sede en su propio domicilio de la calle Salmerón, actual La Calleja. En los años de la guerra era conductor del coche de la fábrica de harinas de Rodríguez-Fleming[3], y posteriormente abrió su propio negocio frente a Educación y Descanso, en la calle Real de Arriba – actual Floristería Vélez-, donde vendía aparatos de luz y material eléctrico.       

 La lectura de los contadores, de las marcas Siemens y AEG, fue una cuestión al principio familiar: Miguel Gallart Forcada[4] (1927) nos relata lo siguiente:Empecé a ayudar a mi padre con la electricidad  a fines de la década de 1940, de forma oficiosa, leyendo contadores. Yo miraba los contadores de Fleming y mi padre me daba una cierta compensación económica”.[5]

 El calañés Pedro Esquina Domínguez era el cobrador oficial, pero poco a poco se  impuso la figura del electricista-cobrador, que hacía funciones técnicas y de cobranza, dependiendo de la coyuntura. A esta categoría pertenecieron Juan Castilla Viejo –quien procedente de la fábrica de gaseosas se convirtió en ayudante instalador-, Manuel Mantero Morián, Elías Parreño Castilla -peón y más tarde encargado-  y José Sánchez Ramírez, quien a los 16 años era pinche y luego ascendió a peón y ayudante y se dio de baja voluntaria en 1968, con 39 años[6].  Muchos de ellos se incorporaron a la empresa muy  jóvenes y se reengancharon en la misma tras realizar el  servicio militar. Tal fue el caso de Agustín Sánchez, Elías Parreño, Eugenio Encina o Manuel Mora.  

 
Miguel Gallart Mora

 
Desde principios de la década de 1960, aparecen varios trabajadores eventuales como José Fiscal Mora, empleado  de la fábrica de gaseosa y electricista eventual; Juan Corralejo Bautista (1944) o el triguereño Antonio Abad Ramos. Juan Corralejo Bautista nos cuenta sus inicios en la compañía: Empecé con apenas 16 años, proveniente de la Escuela de Artes y Oficios donde acabé oficialía de electricidad con un maestro llamado Juan de Dios, natural de Estepa  Cuando Elías Parreño, entonces encargado, se fue a Barcelona, yo seguí como encargado: mi misión era el mantenimiento del alumbrado público y del tanto alzado”.           
 
La plantilla se renueva con nuevos peones desde mediados de los sesenta: José Luis Parreño Huerta, alumno asimismo de la escuela profesional; Juan Corralejo Bautista[7], José Fiscal Mora, Sebastián Oliva Borrero e Isidoro Blanco Salas. Manuela Marín Gutiérrez fue su limpiadora entre 1943 y 1945. A finales de la década de 1960 y en los años iniciales de la siguiente se multiplicó el número de peones electricistas, a menudo con contratos temporales, como Juan Manuel Herrera López, Francisco Sánchez Lazo, Ramón Gutiérrez Malavé, José Marín Castilla, Francisco Cejudo Ramírez, Gregorio Corralejo Ponce, Luis María Calero Zallo, Fernando Salas Domínguez, Tomás Díaz Gallardo, José Manuel Salas Cuesto, Manuel Ponce Feria, Silvestre Escudero Borrero, Andrés Ramírez Mojarro,  Florencio Muñoz García, Rafael López Rojas, José López Buenaventura, José Macías Márquez y Manuel Herrezuelo Lorca.[8]

 A fines de la década de 1950, los sueldos oscilaban entre las 1.600 pesetas mensuales del gerente,  las 880 de los auxiliares administrativos y las 350 pesetas de los peones, con las diferencias lógicas derivadas de los célebres puntos de la época franquista. 

 

De productor a revendedor de electricidad

A mediados de la década de 1940,  el convenio existente entre el ayuntamiento y la empresa de Rafael Fleming comprometía a ésta a cubrir el alumbrado público y el de varios edificios de titularidad igualmente pública, aunque no siempre municipal:  las Casas Capitulares, la Academia de Música, los juzgados municipal y de instrucción, el hospital, el cuartel de la Guardia Civil de la calle Millán Astray,   la brigada de la guardia civil –sita en Barberán y Collar 24-, la administración de arbitrios y las electrobombas del Mercado y del Grupo Escolar, y el consumo de este último. Por semestres, la cantidad ascendía a unas 8.152 pesetas.

 En 1946, el gasto municipal se elevó a 25.965 pesetas, y en 1947 se situó en 22.427 pesetas anuales, y junto a las dependencias anteriores se incluye el reformatorio de menores y el “tablado de música”, colocado en el Valle de la Fuente frente al nº 15, entre la Fonda de la Vizcaína y la Caseta de la “N”, en los días de feria, donde la banda municipal interpretaba innumerables pasodobles y, en ocasiones, era sustituida por la banda del Regimiento Soria de Huelva.

 No siempre las relaciones fueron sencillas. El ayuntamiento rechazó algunas facturas por estimarlas “insuficientemente justificadas”, en conceptos como “fluido cobrado de menos del año en las facturas del año 1944” o “enchufes y otros no cobrados de enero a septiembre de 1945”.

 

Periodo
En pesetas
(eludimos los centimos)
1946
25.965
1947
27.344
1948 (2º semestre)
15.522
 
 
1939
39. 244
1950 (1º semestre)
21.288
 
 

A,M.V.C. Leg. 387. Elaboracion propia

 

El gasto de las lámparas de 15, 25, 40, 60 y 100 vatios, el de los contadores y el de los excesos de consumo era el establecido en el B.O.P. de 21 de junio de 1948. El resto de la facturacion se debía a pequeñas obras de mantenimiento: reposición de lámparas, recolocación de aparatos en el ayuntamiento, y de material eléctrico (cable eléctrico, pipas de porcelena, fusibles, hilos, poleas, aisladores, soportes…), verificación de contadores y otras. También se hizo cargo de la instalación eléctrica del estanco del número 1 de la calle Calvo Sotelo.


                       Tarifas generales por suministro de fluido

 

La empresa declaraba dos transformadores de tecnología alemana, de la marca AEG[9], uno numerado como 4418 AEG tipo Ata,  de 100 kilowatios ; el segundo, numerado  4419 AEG tipo Ata, de 590 kw.  Recuerdo que entraba con mi padre y veía los transformadores de 10.000 voltios, aunque él no me dejaba llegar hasta el fondo, debido a su peligrosidad”[10]. Tambien los contadores particulares eran de las marcas Siemens y AEG, como nos recuerda el propio Miguel Gallart Forcada.[11]

 Pero desde los años sesenta –no hemos podido precisar la fecha concreta- la fábrica de Fleming se limitó a revender el fluido de Sevillana procedente de la vecina Calañas. A la subestación de Calañas llegaban dos líneas procedentes de la central de Cala, de 50.000 voltios, y tras pasar por la subestación de Riotinto llegaba a Calañas. Posteriormente, Sevillana completó dos líneas de la central  térmica de la Punta del Cebo, de 50.000 voltios. La subestación de Calañas, gracias a dos transformadores de 25 caveas, la transformaba a 15.000 voltios. Ello permitía la línea de alta tensión.

 
El fluido calañés llegaba a Valverde a las casetas, a 15.000 voltios, y se transformaba a 380, para instalaciones industriales como La Cooperativa de Muebles, y 220 y 125 para el suministro de una población que contaba con varias casetas de transformación: Trascorrales, el Rollo, la subterránea del Santo,  los Riscos Tintones, Barberán  y Collar, El Dolor, la Caseta Artes y Oficios, situada entre la Escuela Profesional y la tenería, y finalmente la del Puente del Carrasquillo, procedente directamente de Calañas, que suministraba a Los Pinos, Los Cristos, Baquero y la Venta de las Tablas.
 
Nosotros le vendíamos la luz a Diego Fleming. Entonces solo estaban la caseta de Fleming –antigua central- y las casetas de Barberán y Collar, el Rollo y la de Trascorrales. Cuando Sevillana se hizo con el suministro levantó nuevas las restantes casetas, incluida la subterránea del Santo, y reformó las antiguas”.[12]

  A principios de la década de los 50, la fábrica de Rafael Fleming  se ocupó de la mejora de las calles centrales de la población, aunque sorprenda aún su rusticidad[13]: “En el valle de la Fuente había un alambre de fachada a fachada, y en el centro se colgaban platos refractarios de porcelana con el portalámparas, y lámparas de 60 watios, nueve o diez, para iluminar toda la calle. Era la mejor instalación del pueblo. En el resto del vecindario, bracitos pequeños con lamparitas de 25 watios”.

 
El autoabastecimiento de las fábricas señeras

    Otras empresas utilizaron generadores para el autoconsumo. Tal fue el caso de la Fundición de los Silillos, la fábrica de medias y calcetines de José Franco, la Inval S.A. o la Culmen. Asegurar el suministro eléctrico se convirtió en un elemento esencial para la buena marcha de las empresas mecanizadas. Para ello era necesario disponer de un electromotor diesel o de gas pobre[14]. La maquinaria Singer de la “J.D.L. Arroyo y Cía., Sociedad en Comandita”, la primera fábrica mecanizada de calzado de Andalucía, utilizaba un grupo electrógeno de carbón[15]. También la Culmen dispuso de un generador de electricidad propio, en el patio de la fábrica. Las averías, interrupciones y faltas de luz no solo afectaron al suministro público, fueron  también frecuentes en estas empresas privadas, como la Inval S.A.[16]

 
Alumbrado público, alumbrado privado: A caballo entre la tradición y la modernidad

En los hogares se pasó de las lámparas de aceite a las bombillas de filamentos, mientras las calles despidieron a las antiguas farolas de petróleo y dieron la bienvenida a las lámparas incandescentes. A principios del siglo XX había unos cuantos faroles de aceite para el alumbrado público de las calles de Valverde. El sereno, con su farol y chuzo[17], las encendía cuando se anunciaba la caída del sol  y, cuando apenas había terminado de encenderlos, ya comenzaba a apagarlos. Aquellos serenos se ocuparon del  mantenimiento y aprovisionamiento de materiales, y de la reparación de las farolas. Pero, desde los inicios del siglo XX, la fábrica de la luz de Tomás Gallart alumbró y modernizó las calles de Valverde, aunque a día de hoy desconozcamos el número de bujías, las lámparas y el voltaje instalados por aquellos años.
 
Las fábricas de la luz permitieron sin duda un cambio cualitativo en el proceso de industrialización y en la modernización de los hogares en las primeras décadas del siglo XX. Cierto es que a nivel doméstico aún había muy pocos contadores. En las casas más modestas –la mayoría abrumadora- solo había un contrato con Fleming, de una bombilla de 15 bujías por las horas de noche. Solo las familias más acomodadas disponían de su propio contador y un suministro continuado.  El tanto alzado, asumido por las familias más modestas, se encendía desde las 9 de la noche hasta las 7 de la mañana, sincronizado con el alumbrado público.

Nosotros pusimos la luz en la calle Nueva a mediados de la década de 1940, cuando mejoró la economía familiar: mi padre dejó la finca de Reposo Pérez Ramírez, en la Bomba, y arrendó la huerta de Pérez Caro, y de ganar 4’50  mejoró nuestra situación con la venta diaria de hortalizas en la plaza  de abastos. Entonces pudimos poner el contador. Era el año 1941, creo recordar”. [18]   

 
Las acometidas de la calle recibían el nombre de “evitafraudes”, cable que no se podía manipular.  Las líneas interiores  eran todas de cobre y se completaban con palometas de tubo y aisladores de porcelana. Las deficiencias de los servicios –así nos lo cuenta Juan Corralejo- derivaban  del hecho de que con poca sección se pretendía dar luz a demasiadas casas. 

Pero en los años de la postguerra, si mucho  escaseaba el pan, más aún escaseaba la electricidad, a veces desaparecida por varios días seguidos. Por ello, siguieron presentes los sistemas más arcaicos de iluminación. En el campo dominaban los candiles y los carburos de hierro o de latón: un depósito  amparaba la piedra de carburo de calcio sobre un depósito de agua y la lámpara del carburo o bujía. Al caer la gotita de agua sobre el depósito inferior del carburo, se mezclaba el gas con oxígeno y esto producía una llama delgada y de alta temperatura, origen de aquel carburo de luz blanca de nuestros mayores. En las casas de Los Cuartos de la familia Rodríguez se montó la primera instalación de luz artificial a base de carburo. Se componía de una centralita, manejada por el guarda, de modo que la estación de carburo le daba luz a las diez casas, que además ya contaban con una  instalación de agua corriente.[19]

Las casas valverdeñas disponían de quinqués, candiles, y capuchinas. El quinqué  de petróleo o lámpara de Argand  era elemento indispensable en el ajuar doméstico. Había nacido en 1780, cuando un químico suizo, Aimé Argand, diseñó un quemador circular con mecha cilíndrica tubular y una columna de aire, con la que regulaba el suministro de aire y reducía el "parpadeo" de la llama. Sin embargo, como ha ocurrido a menudo con los inventores, el artilugio tomó el nombre del francés Antoine Quinquet, quien mejoró la idea de Argand y desplazó a las otras lámparas de aceite usadas hasta entonces.

 

 
    

    Quinqué

 

El candil tenía por delante un pico y por detrás un mango, a cuyo extremo se unía una varilla de hierro con un garabato que servía para colgarlo. Dentro del vaso metálico se situaba otro más pequeño,  llamado candileja, en la cual se echaba el aceite y se metía la torcida de algodón o lienzo cuya punta salía por el pico y daba luz. Una capuchina es una lámpara de mesa fabricada en bronce, de unos veinte centímetros de altura, con base redonda como pie y a veces dotada de asa. En la parte superior lleva un depósito de aceite de forma esférica, la mecha y un gorro o campanilla para apagarlo.

       Candiles de hierro  y capuchinas  de aceite servían  para moverse en la noche: “Como dormíamos en el doblao echábamos manos de la capuchina para ir al servicio”. En Valverde hubo varios broncistas fabricantes de Capuchinas, mientras que palabras como torcías y mecha eran comunes en el vocabulario familiar.

 


                     Capuchinas

 

El avance de Sevillana de Electricidad S.A.  

La  capacidad económica de la empresa de Diego Fleming Rodríguez para construir la red de distribución de electricidad hasta los lugares de consumo, se puso en entredicho con la ampliación del casco urbano valverdeño, sobre todo tras la competencia incesante de la compañía Sevillana.

 Sevillana de Electricidad, S.A.[20], fundada en Sevilla en 1894, ha sido la principal empresa andaluza en generación de energía eléctrica durante el s. XX, y a través de varios procesos de fusión y absorción de distintas compañías, se hizo con el control de la práctica totalidad de la producción  eléctrica de Andalucía. A finales de la década de 1920, Sevillana repartía directamente el alumbrado público a 28 poblaciones de las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, y a otras 35 a través de compañías intermediarias[21]. Desde finales de la década de 1920, la Compañía Sevillana de Electricidad estaba extendida en Nerva, y llegó a vender electricidad a la Santa Teresa de Jabugo.  En 1959, Sevillana comenzó las obras de la central térmica Cristóbal Colón, junto a la Ría de Huelva, que se convirtió en su  principal proyecto, y desde 1968 logró el monopolio absoluto del mercado energético en Andalucía y la provincia de Badajoz.

 Tras la construcción de la valverdeña barriada de la Inmaculada Concepción, inaugurada en la Semana Santa de 1962, se produjo la llegada a nuestra ciudad de Sevillana de Electricidad, hecho aquel que puso la primera piedra del declive de la fábrica de luz de la familia Fleming. En diciembre de 1964, Sevillana da de alta una línea eléctrica y una caseta de transformación[22], inicialmente limitada a esta barriada, que dispuso de su propio electricista, Francisco Cartes González.    

 Desde 1975, la empresa de Diego Fleming fue absorbida por Sevillana de Electricidad, y con ella  sus empleados fijos: los administrativos Ildefonso Sánchez García y Agustín Sánchez Ramírez, el cobrador Manuel Mantero Morián y los electricistas José y Miguel Esteban Muñiz y Juan Manuel Herrera López, que más tarde marchó a Punta Umbría. El trasvase se hizo en función de las ordenanzas de Trabajo de las industrias de producción eléctrica, a 30 de julio de 1970.  En 1977 Juan Palanco se incorporó a la sede valverdeña de Sevillana, procedente de la subestación Onuba de Huelva.

En 1996 fue absorbida por Endesa, que por aquel entonces estaba controlada por el Estado español, pasando a denominarse Sevillana-Endesa.

 

Contadores monofásicos de Valverde del Camino. Le Cosinus y Ferranti International.
Principios de los años 70

 


 

 
 
 





 



Material eléctrico. Años 70



[1] Datos extraídos del “Libro de matrícula  de la Central Eléctrica de Rafael Fleming Zarza”.
[2] Ramón Mora Rodríguez, huérfano muy joven de su madre Felisa, fue tutelado por su hermana, la tía Rita. Empezó en la fábrica de harina con Manuel Rodríguez Romero. Pero Rita lo trasladó a la fábrica de la luz de Fleming. Su misión era mirar los contadores. “La tía Rita era como su madre. Tuvo además una fábrica de gaseosas en el Pocillo Requena junto a su cuñado, José Borrero Vizcaíno, “Requena”, casado con Trinidad Borrero Vizcaíno”.  
[3] Entrevista a Manuel Tejero Membrillo  (1925). 
[4] Hijo de Miguel Gallart Mora.
[5] Entrevista a Miguel Gallart Forcada (1927). Hijo de Miguel Gallart Mora y de Angelina Forcada Álvarez,  prima hermana del cura Forcada.
[6] Pasó a trabajar primero con el ingeniero del ayuntamiento de Huelva  Benito Delgado, con Ildefonso Calderay Jiménez y finalmente  en el agua, propiedad del ayuntamiento.
[7] Hacia 1970 Juan Corralejo Bautista dejó la empresa de Fleming Domingo Romero y entró en al ayuntamiento y se hizo cargo del alumbrado público, durante la alcaldía de Domingo Romero Malavé.
[8] Libro de matrícula personal de la empresa Rafael Flemig Zarza, dedicada a la reventa de energía eléctrica. 
[9]  AEG, Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft  es una empresa electrotécnica alemana, establecida en 1887 en Berlín por Emil Moritz Rathenau (1838-1915) como sociedad anónima con capital procedente del Deutsche Bank y de la casa Siemens. Los primeros productos fueron motores de corriente trifásica, transformadores, generadores, equipamiento eléctrico para edificios y centrales, bombillas, sistemas de tranvías, herramientas portátiles y pequeños electrodomésticos (tenacillas de rizar, encendedores para puros, planchas, teteras, cafeteras, hervidores de huevos, placas calentadoras).
[10] Entrevista a Miguel Gallart Forcada.
[11] Posteriormente Miguel se dedicó a la distribución de televisores y sobre todo de frigoríficos, representando en la comarca las principales marcas de entonces: Iberia, Marconi, Balay y Aspes.
[12] Entrevista a Juan Palanco Garrido (1938). Con larga vinculación dentro de Sevillana, trabajó en Riotinto en la subestación de la Dehesa, de donde pasó  a la subestación de Calañas y a la de Huelva, antes de llegar a Valverde.      
[13] A.M.V.C. Expediente para la mejora del alumbrado público de La Plaza Ramón y Cajal y las calles Calvo Sotelo,  General Mola y General Goded. Leg. 389.
[14] Inval S.A., fundada en 1924,  fue una de las empresas  pioneras en la mecanización del sector del calzado local. .  También en la Sierra de Huelva empresas de entidad, como Sánchez Romero de Jabugo, poseían su propio motor de vapor.
[15] Vid SANCHEZ CORRALEJO “Retales de Valverde en las década  de 1930 y 1940. ¿La economía que venció a la crisis, o la época de las largas vacaciones?”, p. 44,
[16] SANCHEZ CORRALEJO, 2011, El textil y la talabartería, 152. Clara Blanco trabajó en la Inval S.A., pero aprovechaba las faltas repetidas de luz para acudir al taller de talabartería de Manuel Borrero Bermejo, en La Calleja.
[17] El chuzo de los serenos era un asta de madera armada de una punta metálica que levantaba chispas en el adoquinado cuando el sereno llamaba la atención a los alborotadores. De esa situación procede la expresión “caer chuzos de punta”.
[18] Entrevista  a Jesús Bermejo  Doblado, quien nos dice haberlo escuchado de su madre.
[19] Entrevista a Diego Félix Romero Mantero.
[20] VV. AA. Compañía sevillana de electricidad . Cien años de historia. Sevilla.  Fundación Sevillana de Electricidad. 1994 
[21] FERNANDEZ PAREDES, M.- La implantación…,  15
[22] A.H.P.H. Expedientes de actividades industriales. Exp. 2303.

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