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miércoles, 8 de febrero de 2012

LA ROMANIZACION DE LA PROVINCIA DE HUELVA

BUSTAMANTE, M., PÉREZ, J.A., HERAS, F.J. y LAGARES, J. (2009), El castellum romano de Valpajoso (Villarrasa, Huelva), IV Encuentro de Arqueología del Suroeste Peninsular, Huelva, 928-946 


EL CASTELLUM ROMANO DE VALPAJOSO (VILLARRASA, HUELVA).

Macarena Bustamante Álvarez
J. Aurelio Pérez Macías
F. Javier Heras Mora
Josefa Lagares Rivero

RESUMEN:
Se presenta en este trabajo una fortificación romana en los alrededores de Niebla. El estudio de los materiales cerámicos apunta a una cronología centrada en el siglo I a.C. y se reflexiona sobre su funcionalidad para proponer que fue construida para el control y la vigilancia de un camino que se dirigía desde la cuenca minera de Riotinto hacia Niebla.

ABSTRACT:
            In this paper we present a roman fortress in the vicinity of the Niebla town (Huelva, Spain). The pottery indicates the chronology of the first century BC and makes us think on the control and safeguard function of a road coming from the mine of Riotinto to Niebla.

           
LA OCUPACIÓN ROMANA EN HUELVA.
La diversidad de paisajes que presenta la actual provincia de Huelva permitió un desarrollo cultural divergente a lo largo de época romana. Si en las zonas de Campiña y Litoral se alcanzó un grado de desarrollo comercial sin parangones hasta ese momento, ya que después del enfebrecido intercambio con los fenicios las poblaciones turdetanas supieron sobrevivir gracias al impulso de la agricultura, en las zonas de Sierra no llegó ese influjo oriental y desde la cultura de la Edad del Bronce no encontramos manifestaciones de importancia hasta la II Edad del Hierro, que perfiló un carácter diferenciado que las fuentes latinas recogieron incluyendo a estos pueblos en la Baeturia Celticorum.
       
     Pero esos tres territorios, de marineros, agricultores y ganaderos, tienen un elemento de vertebración, la explotación minera, mediante la cual se interrelacionaron las distintas comarcas en busca de complementariedad. Esto es así ya claramente desde el momento en el que el circuito comercial de los metales unió ambas orillas del Mediterráneo en época tartésica. Y un factor clave, a veces exagerado en demasía, es que el tramo central de la provincia, la comarca del Andévalo, forma la parte más extensa de uno de los distritos mineros de mayor envergadura mundial, la Faja Pirítica Ibérica, en la que destacan gran cantidad de gigantescos depósitos de sulfuros polimetálicos, con hierro, cobre, plomo, zinc, plata, y oro como menas aprovechables (Blanco y Rothenberg, 1980).


Desde estos siglos en los que el metal viaja de parte a parte del Mare Internum, la explotación minera de este territorio ocupó un papel tan relevante que muchos fenómenos de cambio se explican siempre en relación con los vaivenes de la producción metalúrgica y el comercio que está detrás de ella. Sea así o no en todos los casos, lo que parece confirmado es que la minería constituye un motor que explica muchas singularidades de estas comarcas del suroeste ibérico, pues las poblaciones mineras necesitaron de vías por las cuales el mineral/metal iniciaba su camino hacia los puertos de mar y, dada su dedicación exclusiva al laboreo minero, dependían de un abastecimiento que llegaría desde los entornos agrícolas de la campiña y ganaderos de la sierra.
     
       Aunque este sistema de relaciones está dibujado desde el período Orientalizante, en el que caben aún muchas matizaciones, se nos evidencia con plenitud en época romana, cuando la zona minera acabó convertida en un coto del fiscus imperial (Domergue, 1990), que se vio obligado a potenciar la explotación agrícola y pesquera de la campiña (Campos, Pérez y Vidal, 2001). También se vio coaccionado a ordenar el territorio mediante el predominio de unas ciuitates que alcanzarían el rango municipal en época flavia (Pérez Macías, 2006), Onoba, Ilipla, Ostur e Ituci, arbitrando también en la comarca minera la centralización de la administración imperial por medio de una serie de vici (Rubrae y Urium), en los que la falta de élites municipales y de su evergetismo no nos ha dejado manifestaciones urbanísticas de importancia, reducidas a edificios de aparato vinculados a la familia imperial (Pérez, Schattner, Gimeno, y Stylow, 2008). Los orígenes de este esquema se encuentran, no obstante en época prerromana, y no causa sorpresa que esos municipia fueran importantes asentamientos en época tartésica como centros a los que llegaba el mineral desde los terrenos paleozoicos del Andévalo, como estaciones de paso y comercio hacia las marismas del Guadalquivir y Tinto/Odiel (Pérez Macías, 2007).
   
         Más allá de constatar por el abundante registro metalúrgico protohistórico que a ellos llegaba el mineral que se minaba en los depósitos de sulfuros del Andévalo, no conocemos las rutas exactas y los circuitos por los que se movía el mineral, pero en época romana estas redes de comunicación estaban perfectamente organizadas, especialmente a partir del principado de Augusto, un momento de gran impulso minero, sólo comparable al que en la segunda mitad del siglo XIX fue auspiciado por el desarrollo industrial europeo y su creciente demanda de materias primas.
  
          El panorama que encontraron los ejércitos romanos cuando van sometiendo estas tierras del suroeste peninsular es que las feraces campiñas que discurren por las riberas bajas de los ríos Tinto y Odiel estaban articuladas en torno a esos oppida, y controlándolos fue posible someter a todo el territorio. Después se mantuvieron siempre de lado de la política oficial de Roma, incluso en los difíciles momentos de las guerras civiles del siglo I a.C. En momentos de indecisión, como sucedió a Ituci (Tejada la Nueva) durante la insurrección de Viriato (Canto, 1979), su posición basculó del lado de Roma. La política de Roma favorecía una estabilidad a sus élites y potenciaba las posibilidades de una economía vinculada a la agricultura y al comercio.


Sin embargo, en las comarcas de Sierra Morena, con un desarrollo económico más precario, de fuerte dependencia de la ganadería, el comportamiento fue bien distinto. Resulta difícil probar por ahora la línea de división entre las poblaciones turdetanas del litoral-campiña y los célticos de la Beturia, aunque parece que el Andévalo marca la frontera entre esos dos mundos culturales. A pesar de que las minas andevaleñas no fueran el polo de atracción que habían sido en época Orientalizante, y a que la minería no mereciera un interés especial, parece que las poblaciones célticas de la Beturia no se especializaron en el complejo mundo de los sulfuros polimetálicos de la Faja Pirítica por falta de experiencia minera y metalúrgica, pero se aprovecharon de su proximidad en una estrecha relación cultural con las poblaciones turdetanas que todavía vivían de la minería de la plata y el cobre. Pacificada la campiña y concentrada la minería romana en los cotos del Sureste y Alto Guadalquivir, escaso interés mostró Roma en estas tierras yermas y escasamente pobladas, como califica Estrabón a los dominios de la Beturia, salvo para defender de las depredaciones de beturios y sus aliados los lusitanos a las ciuitates de la campiña.

La conquista de la Beturia fue lenta y con altibajos, con períodos críticos en los distintos episodios de las guerras lusitanas y celtibéricas, que se extendieron como un reflejo por estas tierras. En el último cuarto del siglo II a.C. fue vencida la resistencia lusitana, pero las guerras civiles en Roma, sobre todo por la rebelión del procónsul Q. Sertorio, prolongarían el clima de inseguridad, y a mediados del siglo I a.C., durante el enfrentamiento de cesarianos y pompeyanos, siguieron con su tradicional alianza con el bando de los populares, sirviendo en muchos casos sus ciudades de refugio a las tropas cesarianas.


Resulta muy simplista considerar que Roma no estuvo en condiciones de explotar los grandes cotos mineros del suroeste por los problemas de inseguridad, y que lusitanos y beturios fueron un freno para el desarrollo de la minería en el suroeste. La realidad radica más bien en lo contrario, la minería de época romano-republicana se había centrado en las minas ya conocidas en época bárcida y en las fuentes del momento las referencias se centran en las más importantes, Carthago Nova y Castulo (Domergue, 1990). En esta fase de conquista Roma estaba interesada en el stipendium, en la contribución impositiva a las ciuitates peregrinae hispanas, como recurso más directo para alimentar y pagar a los ejércitos de ocupación y la minería no era una empresa de estado, sino una actividad privada, generalmente de itálicos, que sólo interesaba por los impuestos que generaba, cuya recaudación se dejaba en manos de societates publicanorum. Al ser la minería una empresa particular, cuyas inversiones se dirigían casi exclusivamente a la explotación de los yacimientos famosos por su productividad, las minas del suroeste, totalmente desconocidas, necesitaban de una exploración y el resultado incierto de la prospección minera pesaría más que las condiciones de seguridad. Para que la minería del suroeste fuera atrayente hubiera hecho falta una sistemática exploración minera del territorio, que descubriera los yacimientos y sus posibilidades metalúrgicas para atraer la inversión privada, pero en esos momentos Roma tenía otras preocupaciones que descubrir minas y éstas se centraban en un control efectivo del territorio. Si las minas del suroeste hubieran estado en plena actividad en época bárcida y si cada uno de los cotos mineros fuera conocido, ni los beturios ni lusitanos habrían sido un problema para las aquilae y la posterior afluencia de itálicos. Ni turdetanos ni cartagineses se significaron en la explotación de estas minas y Roma no centró sus esfuerzos en la exploración minera, sino en la explotación de las minas ya conocidas. Los grandes depósitos minerales del suroeste, a los que las poblaciones turdetanas no habían prestado atención, tampoco fueron para Roma un recurso estratégico, pues desconocía sus posibilidades.


El caso del coto minero de Riotinto es una excepción que no sabemos si confirma la regla. Como en otras minas del suroeste, había conocido una intensa explotación desde la Edad del Bronce para la producción de la plata del gossan (argentojarosita, proustita, freibergita, y pirargirita), que alcanza su cénit en época Orientalizante, momento en el que la minería argentífera está presente en otras minas. A pesar de la crisis del siglo VI a.C., que paralizó la producción en casi todas las minas, fue capaz de mantener cierta actividad hasta mediados del siglo III a.C., cuando en la estratigrafía de Cortalago se detecta un incremento de la producción (Pérez Macías, 1998), que se mantiene en buenos niveles en época romano-republicana. Resulta complicado averiguar por qué esta minería republicana no se extendió a otras minas, pero quizás se deba al desinterés de Roma por el resultado incierto de la prospección minera. Desde los focos iniciales de Castulo y Carthago Nova, la minería republicana se estaba desarrollando también desde finales del siglo II a.C. en el distrito cordobés (Domergue, 1990; García Romero, 2002).


Habrá que esperar a que esos tres distritos mineros comiencen a dar señales de agotamiento, y a que Augusto necesite oro, plata y cobre tras agotar los tesoros egipcios para que se busquen nuevas fuentes de aprovisionamiento, que estará en el origen último de una intensa exploración minera que va a descubrir y comenzar a explotar la mayor parte de las masas polimetálicas del suroeste. En los campos filonianos de Ossa Morena esta exploración e inicio de la explotación se habría iniciado antes, a comienzos  del siglo I a.C. Ahora es una exploración auspiciada por el princeps en la que el ejército jugaría un papel fundamental, y de resultas de ello las minas pasan a ser administradas por la caja imperial (fiscus), aunque la explotación sean “concesiones” que se venden a particulares, que tenían que someterse a los reglamentos mineros para mantener la propiedad de la explotación, pues la venta afecta, como hoy en día, a la concesión y no a la propiedad.


Aunque las minas del Andévalo estuvieron prácticamente inactivas en época republicana, salvo la cuenca minera de Riotinto, la situación en las ciudades de la campiña era distinta, pues Huelva (Onoba), Niebla (Ilipla), Mesa del Castillo (Ostur) y Tejada la Nueva (Ituci), mantuvieron su primacía en el territorio, llegando incluso a acuñar moneda, aunque se nos escape su organización interna como ciudades peregrinas. Cabe pensar que comenzaran a organizarse al modo de los municipia latina por impulso de sus élites, aunque eso no deja de ser una sospecha. Por encima de estas dudas si parece claro que estos oppida aceptaron y aprovecharon la maiestas de Roma para seguir desempeñando su papel en la ordenación y explotación  del territorio de la campiña y en la comunicación de la desembocadura del Tinto-Odiel y el Guadalquivir.


Así como las minas no constituyeron focos de interés económico para las depredaciones lusitanas, las ciudades agrícolas de la campiña sí sintieron de cerca los zarpazos de las algaradas lusitanas del siglo II a.C. y los problemas de las guerras civiles del siglo I a. C. En esta ocasión las fuentes latinas ofrecen una información puntual de lo que debe entenderse para toda la comarca. En primer lugar, la rebelión de Viriato se dejó sentir en algunas de estas ciudades, como la ocupación de Tejada la Vieja, a cuyos habitantes recriminó su tibieza en el cambio de alianzas. En realidad, deberían estar lejos del pacto que le proponía Viriato, que perturbaría seriamente los beneficios que acarreaban su sumisión a Roma. No existen noticias de enfrentamientos con los ejércitos romanos en estas comarcas, y es posible que el tránsito al dominio romano se hubiera realizado mediante la capitulación bajo fórmula de deditio in fidem, con el cual mantendrían su estatus. Tal es así que cuando el procónsul Sertorio se rebela contra los nuevos gobernadores silanos, optan por mirar para otro lado, y así debe entenderse el fallido desembarco de Sertorio en estas costas por no encontrar apoyo social.


Por el contrario, los castros de la Beturia se adhirieron a todos estos movimientos de insumisión contra Roma (Berrocal Rangel, 1994). En el siglo II a.C. fueron la base de las entradas lusitanas en la Bética, hasta tal punto de que estos hechos desencadenaron su conquista definitiva. Y algunos años después aprovecharon los problemas internos de Roma para apoyar la rebelión sertoriana, que encontró en estas poblaciones la alianza que le negaron las ciudades de la campiña. En estos castros serranos se articuló un frente de lucha entre las tropas del lugarteniente sertoriano Hirtuleyo y las tropas senatoriales de Q. Cecilio Metelo, que no acabó hasta la derrota y muerte del legado sertoriano (Chic García, 1986). Estas poblaciones pagarían cara su adhesión a Sertorio con los gravosos impuestos que les impuso Metelo, que sólo la sagacidad del propraetor César  condonaría años más tarde, razón por la cual la Beturia fue lugar de refugio para las tropas cesarianas en su lucha con las tropas pompeyanas.


Estas escasas menciones de las fuentes a las comarcas del suroeste se saldan con las escuetas menciones de las razias lusitanas en la campiña y los apoyos de la Beturia a sertorianos y cesarianos, pero no existe ninguna mención a la zona minera, donde hubiera sido lógico que se hubieran extendido los enfrentamientos por el interés económico de unas minas productoras de plata. La razón de ello se encuentra, como hemos explicado anteriormente, en que todavía no se habían descubierto las enormes posibilidades que presentaban estas minas, que sólo serían conocidas a partir de la gran empresa de exploración minera del último cuarto del siglo I a.C. Bien es verdad que Riotinto estaba en explotación en estos momentos y que pudo ser objeto de iguales depredaciones que las ciudades de la campiña, pero la producción no tenía unas cotas como las alcanzadas en época imperial, y no parece que la mina fuera objeto de atracción en estas luchas.
El marco histórico que acabamos de esbozar nos sirve para reflexionar sobre la funcionalidad de una fortificacion militar en Valpajoso, que es el marco de esta comunicación.


EL FUERTE DE VALAPAJOSO.
El asentamiento de Valpajoso (Villarrasa, Huelva) se encuentra en las inmediaciones del Arroyo Helechoso, que desagua en la margen derecha del río Tinto en las proximidades de Niebla (figura 1). El recorrido del Arroyo Helechoso permite una comunicación rápida con las zonas del Andévalo a través de Valverde del Camino, y discurre casi en paralelo a la actual carretera de Niebla-Valverde del Camino.


Para la ubicación del asentamiento se han preferido las primeras elevaciones del piedemonte de Sierra Morena, en el contacto entre las calizas miocenas y las pizarras carboníferas. El Arroyo Helechoso forma profundos tajos en las pizarras, incrementando las posibilidades de defensa, pero se disminuye el radio de visibilidad. Estas posibilidades de defensa se implementan con el lugar escogido, en una hoz del arroyo, que rodea las pronunciadas pendientes del asentamiento en tres de sus lados. La topografía del terreno sólo permite un acceso cómodo desde una margen del Arroyo Helechoso, que sube en suave pendiente hacia la zona de media ladera en la que está situada la construcción romana de Valpajoso.  Toda esta zona de contacto entre pizarras paleozoicas y calizas miocenas está rodeada de Mesas de calizas, entre ellas la Mesa de Casa Mora, la mayor altura de los alrededores, pero el recorrido sinuoso de la garganta del arroyo oculta el Cerro de Valpajoso hasta unas centenas de metros de sus proximidades.
El asentamiento está profundamente afectado por las repoblaciones de eucaliptos, cuyos aterrazamientos han destruido la mayor parte de sus elementos, aunque se conservan algunas zonas intactas con las cuales puede adivinarse su forma y características edilicias (figura 2).
En la suave ladera desde la que es más cómodo el acceso a la altura donde se encuentra la edificación romana se ha tallado un foso (fossa) en las pizarras, con una profundidad aproximada de 1,5 m. El foso, de unos 11 m de longitud, se extiende entre las laderas Este-Oeste, obligando a una entrada por las pendientes más abruptas, desde las que era imposible el paso de caballerías. El foso y las fuertes pendientes sólo permiten el acceso a pie.
Este foso se complementó con la construcción de un terraplén (agger) que rodea toda la construcción. La forma del terraplén se intuye claramente en las zonas mejor conservadas e incluso en aquellas que han sido arrasadas por los aterrazamientos. Tiene forma de talud artificial construido con bloques de calcarenita calzados con cantos más menudos. Aparece intacto en la ladera del foso, y deja su huella en las zonas roturadas por la gran abundancia de bloques de calcarenita, que se disponen siempre alrededor de la construcción central.


En el centro del asentamiento se disponen dos elementos, un edificio cuadrangular de unos 15 por 10 m de lado (turris), compartimentado en su interior en una serie de estancias rectangulares perimetrales a un aljibe central (cisterna) de unos 2,50 m de profundidad y planta rectangular. Los muros tienen una anchura de unos 0,70 m y están aparejados con mampuestos de pizarras con una buena disposición en hiladas. El aljibe está excavado en la roca del terreno (pizarra), y fue forrado en dos de sus caras con muros de bloques medianos de calcarenita con enripiado de piedras de menor tamaño. En estos lados ofrece un pequeño alféizar de unos 15 cm en la zona más cercana a la superficie topográfica exterior, que pudo servir de banco para sostén a las vigas de madera que soportarían su cubrición.


El modelo de esta construcción recuerda de cerca la disposición de los edificios domésticos de época republicana, la casa de atrio con impluvium, cisterna y cubicula alrededor, pero la presencia de un terraplén y el foso otorga a la construcción un carácter militar, un pequeño castellum formado por  fossa, agger y turris.  Las fuentes latinas emplean para estos reductos militares los nombres de specula y propugnacula, asentamientos para la vigilancia y el control del territorio (Romero Marugán, 2005). Aunque los recursos poliorcéticos sean claramente romanos (foso y terraplén), las técnicas edilicias de opus africanum de las paredes del aljibe coinciden con las documentadas en Niebla en época prerromana por influencia fenicio-púnica (Belén y Escacena 1993).       


En los materiales hallados en superficie destacan los que proceden de la zona adyacente a la cisterna central (figura 3 y 4). Entre ellos los fragmentos de ánforas de los tipos Grecoitálica de transición (figura 3: 1), Mañá C2b gaditanas (fgura 3: 2), Haltern 70 béticas, así como restos de galbos y un pivote de ánforas turdetanas de la serie 4 (figura 3: 8), lo que nos muestra un contacto fluido con los habitantes de la zona. Estas piezas nos dan indicios de una paleodieta muy concreta basada en alto contenido calórico. Para el caso de las formas grecoitálicas gaditanas portarían vinos o salazones (Bustamante y Martín-Arroyo, 2004) alimentos indispensables para el devenir diario de las milicias. De igual modo las formas Mañá C2b también polivalentes en su contenido, bien salazones -teoría tradicional- o para caldos -a partir de los hallazgos de Hasta Regia en la que se podría percibir un titvlvs con la palabra VIN(UM) (García Vargas, 1998)- podrían darnos pistas de un ambiente similar, que se completaría con las formas Haltern 70 de claro carácter vitícola.
Por consiguiente, nos movemos ante un espacio totalmente abastecido por la zona sur de la Bética, lo que en terminología historiográfica se ha denominado como Círculo del Estrecho (Ponsich y Tarradell, 1965). Este registro concreto aparece muy extendido en zonas militarizadas, y para el caso onubense las zonas de Riotinto pueden ser un ejemplo al respecto.
De igual modo es de subrayar la presencia de otras cerámicas comunes,  morteros béticos (figura 4: 1), botellas (figura 4: 4), jarras biansadas (figura 4:5), y gran cantidad de fondos de pie de “galleta” (figura 4:2 y 3). El grupo más interesante son las piezas pintadas a bandas rojas o negras de raigambre indígena (figura  3: 3, 5 y 6),  que inciden también en un contacto comercial intenso con los núcleos de población cercanos. A rasgos generales es de destacar una clara cronología que va desde finales del II a.C. al cambio de Era, en la que conviene la tradición de las formas indígenas y la innovación de los repertorios romanos (Bustamante Álvarez, e.p.).
La fortificación de Valpajoso se relaciona con una larga serie de pequeños reductos que son muy abundantes en Sierra Morena, en las zonas montañosas de la Ulterior. Aunque se ha señalado que estas fortificaciones parten de modelos púnicos por la cita de las fuentes a las Turres Hannibalis, no existen paralelos exactos en época prerromana. Los primeros conocidos fueron los del Bajo Alentejo, que siguiendo la propuesta de A. do Paço para Castelo da Lousa se interpretaron como pequeñas guarniciones militares para el control de los territorios mineros (Maia, 1986). Esta tesis seguía los postulados de A. García Bellido (1959), que ya defendió que César había diseñado una política de cerco a los lusitanos con propugnacula, praesidia, specula, castella, y coloniae (Pax Iulia, Scallabis Praesidium Iulium, Aritium Praetorium, Norba Caesarina, y Iulia Augusta Emerita), llevada a cabo por sus sucesores, los triunviros y Augusto.


Pero tras el estudio de Castelo da Lousa, Wahl (1985) ofreció otra alternativa, serían establecimientos agrícolas fortificados de un programa de colonización con itálicos de mediados del siglo I a.C., llevado a cabo por iniciativa de Pompeyo o César. Efectivamente, el modelo constructivo remite a la casa de atrio itálica, pero la colonización agraria no está demostrada, porque se hace bastante difícil de asumir habida cuenta de los conflictos que generó en el Senado el intento de colonización que pretendía Pompeyo con sus soldados licenciados (Gabba, 1984). En Hispania las menciones de repartos se reducen a la entrega de tierra a las poblaciones peregrinas (Pena, 1998), y no creemos que pueda plantearse una colonización agrícola de esta zona hasta época augustea (Gorges, 1979). Una tesis parecida ha sido defendida por J. de Alarcão (1987), para el que estas fortificaciones podrían corresponder a instalaciones comerciales de itálicos para abastecer a las poblaciones indígenas de la región. En contra, C. Fabião (1993) se muestra partidario de su interpretación como fortificaciones militares.


           A estos castella del Bajo Alentejo se han incorporado otros en la comarca de La Serena en Badajoz (Badajoz), una zona especialmente rica en yacimientos filonianos de sulfuros de plomo-plata, y estratégica en el período de la rebelión sertoriana (Domergue, 1971). La disposición de estos pequeños recintos ciclópeos de La Serena sigue de cerca el modelo alentejano, y se propone que serían asentamientos militares que defienden la comarca y los caminos de acceso para garantizar la producción minera (Rodríguez y Ortiz, 3003). En este mismo sentido se expresa Mª Paz García Bellido (2002), que explica el modelo arquitectónico de cubículos alrededor de un patio central como los habitáculos de los soldados (contubernia y armaria).
  
          Una interpretación como casas fuertes también ha sido planteada por P. Moret, pero no los relaciona con la explotación agrícola, ya que se sitúan en terrenos con débil aprovechamiento, sino con las explotaciones mineras, para el abastecimiento de los asentamientos destinados a la minería (Moret, 1999). No se explica, sin embargo, cómo están en los caminos que se dirigen a las minas y no en las minas que supuestamente quieren abastecer. P. Moret (2004) los conecta con el modelo de casas itálicas fortificadas, pero el contexto histórico de la colonización itálica a mediados del siglo I a.C. es bien distinto de lo que sucedía en las tierras de Sierra Morena por esas mismas fechas, no admite comparación. Este modelo arquitectónico, que se extiende en el tiempo, no sólo aparece en el mundo rural, se emplea también en determinados edificios militares, los praetoria y principia, en los castella de las zonas fronterizas, como Siria (Gregory, 1995) y África (Trousset, 1974), y en las stationes y mansiones de las vías (Chevalier, 1997). Véase por ejemplo el modelo de las barracas de los vigiles de Ostia del siglo II d.C. (Pavolini, 1983) y los quadriburgia bajo-imperiales. Es decir, es un modelo de largo recorrido que se emplea en diferentes contextos.
            Los últimos trabajos en el Alto Alentejo, Alto Guadalquivir y Sierra Morena Occidental han aumentado la nómina de estos recintos fortificados. En el Alto Alentejo R. Mataloto (2004) destaca que algunas de estas fortalezas se encuentran en relación espacial con yacimientos mineros, pero reconoce una multiplicidad de tipos y funciones en razón a su emplazamiento topográfico o su morfología, entre los que también se encuentran villae fortificadas. Un programa de colonización agrícola romano en estas tierras antes de finales del siglo I a.C., aunque sea viritano, no está confirmado por las fuentes ni es compatible con un análisis histórico riguroso. Una circunstancia parecida presentan los castilletes del Alto Guadalquivir, ubicados en las inmediaciones de los filones minerales y principales caminos de acceso (Torres y Gutiérrez, 2004). En la zona cordobesa J. R. Carrillo (1999) apunta correctamente que este fenómeno no es uniforme en el tiempo ni en situación, destacando su ausencia en la sierra de Córdoba, la zona minera, y su continuidad en tiempos imperiales, por lo que se decanta por relacionarlas con el control del territorio por los peligros de las correrías de barbari y latrones (lusitanos).
            Tal como defienden P. Ortiz y A. Rodríguez (2004) para los recintos ciclópeos de La Serena, estas fortificaciones no se encuentran en su mayor parte a pie de mina, y ello no contradice su relación con la protección de la exploración y explotación minera, ya que no se han encontrado herramientas agrícolas ni hay evidencias de que sus estructuras puedan relacionarse con el almacenamiento de productos agrícolas (horrea), a pesar de que los últimos trabajos vinculados al estudio cerámico -en los que abundan los dolia y grandes recipientes de almacenaje- apuestan por lo contrario, el almacenamiento de excedentes (Bustamante Álvarez, e.p.). Además, algunos elementos de decoración escultórica, como los escudos de Hijovejo, indican un ambiente claramente militar. P. Moret (2004) relaciona estos escudos con tropas auxiliares y piensa que pueden ser adsignationes de auxilia licenciados, pero también pueden responder a lo contrario, un tipo de asentamiento militar en el que se han empleado tropas auxiliares hispanas (García Bellido, 1963).
            En resumen, son variadas las causas que movieron a la erección de estos castillos y torres, pero todas se relacionan con los problemas de inseguridad, como queda de manifiesto en las fuentes (Bellum Hispaniense, 8,3). Las características edilicias de Valpajoso coinciden en las ideas básicas de la castramentatio y la cronología republicana nos obliga a asignar a esta fortificación unas coordenadas históricas en las que enmarcarla. Antes de nada, conviene aclarar que esta fortificación romano-republicana no carece de paralelos en la provincia de Huelva. De similar cronología, aunque de mayores dimensiones, es el Castillejo de Riotinto, situado en la salida de este coto minero en dirección a Huelva. Se hacen más corrientes en relación a los metalla a partir de época augustea, y en diversas publicaciones ya hemos hecho mención de algunas de ellas (Pérez Macías, 2006).
            Resulta así atractivo relacionar esta fortificación con la explotación de las minas, pero en el caso concreto de Vapajoso su alejamiento de la zona minera sólo puede explicarse como control de una vía de comunicación que unía el coto minero de Urium (Riotinto) con la ciuitas de Ilipla (Niebla), en cuyo territorio se encontraría. Desde este punto de vista, su cercanía a Niebla puede considerarse un argumento de peso para considerar que la fortificación tuviera que ver con las medidas de protección de este oppida ante las incursiones de beturios y lusitanos en las ricas tierras de la campiña. Eso podría explicar que aunque los modelos arquitectónicos se acerquen a las técnicas romanas de fortificación, las técnicas edilicias se entronquen con las poblaciones autóctonas, relacionadas con la influencia púnica, que cuenta con paralelos cercanos en la propia muralla prerromana de Niebla. Pero resulta complicado asignarle capacidad de defensa del territorio a una comunidad peregrina. En tal caso, habría sido una obra defensiva de Roma con el concurso de la población estipendiaria.
            Sin descartar ningún punto de vista, dado que estamos analizando datos de una prospección superficial en un yacimiento muy afectado por las repoblaciones de eucaliptos, nos parece que el menaje cerámico, en especial las ánforas, nos proyectan un ámbito comercial de amplio radio, que en esos momentos sólo puede atribuirse al abastecimiento militar. Es más, la posición del yacimiento, sobre una vía de comunicación, restaría credibilidad a esta perspectiva, pues el oppidum de Niebla estaría más interesado en la defensa del área de captación de recursos agrícolas de los que dependía que de la vía de comunicación con Riotinto, en la que era simplemente una mansio que controlaba el vado de Riotinto en dirección al estuario del Tinto-Odiel. La posición topográfica no está relacionada con la campiña y la producción agrícola, ya que se encuentra en el piedemonte de Sierra Morena, con suelos muy denudados sobre las pizarras carboniferas paleozoicas, de nula productividad agrícola.
            Tiene mucho más sentido considerar que la fortificación se estableció en una cómoda posición defensiva aprovechando sus condiciones naturales y en el camino hacia el Andévalo y la cuenca minera de Riotinto. En primer lugar, porque como hemos apuntado en la introducción la cuenca minera de Riotinto es la única zona onubense en la que hay actividad minera de base argentífera en época republicana y, en segundo lugar, y no debe ser simple coincidencia, porque este tipo de fortificaciones republicanas sólo se conocen en Riotinto. Valpajoso (Villarrasa) y Castillejo (Riotinto) nos estarían señalando una política de fortificación de un camino que permitía la salida de la producción minera en dirección a Niebla. Esto significaría que Niebla tendría una posición clave en la comunicación con Riotinto, con vistas al camino hacia el Guadalquivir y Huelva.

            La investigación de estas vías de comunicación, tras la contrastación de las fuentes documentales y las arqueológicas (Silliéres, 1990; Ruiz Acevedo, 1998), permite hoy hacernos una idea bastante clara del interés económico de este entramado viario, pero por lo que conocemos esos ejes de comunicación no quedaron perfilados definitivamente hasta época imperial, a partir de época augustea. Dentro del conjunto de estos caminos algunos ya eran de trazado prerromano, como la calzada que unía Onoba con Italica, en cuyo recorrido se situaban las principales ciudades de la campiña (Ilipla, Ostur e Ituci), y es posible que la vía que atravesaba la provincia de Sur a Norte estuviera ya parcialmente diseñada desde época prerromana, al menos hasta Riotinto. Si bien no existen referencias en las fuentes latinas a otras vías, las prospecciones arqueológicas han documentado otros caminos secundarios que enlazaban la cuenca minera de Riotinto con las ciuitates de la campiña, y es probable asimismo que estos caminos existieran desde época Orientalizante a juzgar por la abundancia de escorias de sílice libre de plata en esos asentamientos. A partir de fines del siglo I a. C., coincidiendo con una importante reactivación industrial de las minas de Riotinto en época augustea, estas vías adquieren todas las características de la caminería romana en las formas más usuales de vías enlastradas y vías encarriladas. Sus recorridos pueden seguirse con facilidad por su buen estado de conservación. Los ejes principales de estos caminos mantenían a este coto minero bien comunicado con el Guadalquivir (Italica) por el conocido como Carril de los Camellos, con Ituci por Berrocal en el llamado Camino del Moro, con Ostur a partir de una bifurcación de la vía a Ituci en el compitum de Berrocal,  y con Onoba, que conserva buenos tramos y que nos describió de manera particularizada R. Rúa Figueroa. En esta última vía existía otro cruce a la altura de Valverde del Camino, uno con dirección a la de Sotiel Coronada y otro hacia Niebla. Otros dos caminos se dirigían a Pax Iulia por Arucci y a Augusta Emerita.
La construcción de estos caminos se llevaría a cabo en época de Augusto a tenor de los materiales de algunos castella. En el camino hacia Ituci los de Cerro del Drago, Castejón de Naja, Castejón de Juan de Aracena, y el Castejón de Escacena, en todos los cuales el denominador común son las sigillatas itálicas y las ánforas Haltern 70. Estos castella también existían en el camino hacia Beja, como el Pico Teja de Almonaster la Real, también con Haltern 70, y a Mérida, en el que hemos catalogado otro pequeño castellum junto al vado del río Odiel con ánforas Dressel 1-B. No tenemos dudas de que estos caminos están relacionados con el impulso que dio Augusto a la explotación de Riotinto y de que pudieron ser construidos por el ejército a juzgar por el papel que representa en estos momentos en Riotinto (Pérez y Delgado, 2007).
            La fortificación de Valpajoso responde bajo nuestro punto de vista a este mismo criterio, y su cercanía a Niebla nos indicaría que fue construida para la defensa y vigilancia de un camino que permitía la salida de minerales/metales de Riotinto por Niebla, una circunstancia que como acabamos de comentar ocurría ya desde época prerromana. Estas relaciones, iniciadas ya en época Orientalizante, se incrementarían en el siglo III a.C., en el que se detecta una vuelta a la explotación industrial en Riotinto después de un fuerte receso desde finales del siglo VI a.C., y resulta sugestivo poder relacionar este incremento de la producción de Riotinto en la segunda mitad del siglo III a.C. con las fuertes influencias púnicas que muestra la arquitectura prerromana y romana de Niebla. Es posible, por tanto, que la refortificación de Niebla esté mediatizada en último extremo por los intereses de Carthago o Gadir en la producción metálica de Riotinto, pues las ánforas de estos niveles en Riotinto (Pérez Macías, 1998) y Niebla (Campos, Gómez y Pérez, 2007) proceden de la Bahía Gaditana.
            En vista de todo esto no resulta chocante que los dos fortines tardo-republicanos documentados hasta ahora en la provincia de Huelva se encuentren situados en el eje de comunicación entre la única mina en actividad durante fines del siglo II a.C. y siglo I a.C. y Niebla, una de las principales ciuitates de la Campiña, que como ya se ha demostrado cumplía desde época Orientalizante esa función de estación en la salida de los minerales de Riotinto.
            Considerando así el problema de explicar la funcionalidad de este pequeño castillo para la defensa y control del camino de Riotinto a Niebla, queda por plantear si esa vía de comunicación republicana y el nuevo diseño augusteo, cuyo desarrollo podemos seguir gracias a los tramos encarrilados que se conservan, fueron la misma. No nos parece que sea exactamente el mismo recorrido, pues el trazado augusteo es más largo, pero discurre por terrenos menos accidentados. Desde Riotinto se dirige a Zalamea la Real y pasa después por Valverde del Camino, desde donde parten tres ramales hacia Huelva, Niebla y Sotiel Coronada. El recorrido no tiene que salvar grandes diferencias de cota y se va adaptando en suave pendiente a las curvas de nivel. Un desarrollo más corto permitiría ahorrar distancias, aprovechando la cabecera de la Rivera de Valverde a la altura de la aldea de Pozuelo (Zalamea la Real) y enlazar aquí con la Rivera de Helechoso, que lleva directamente a Niebla. Seguiría las corrientes fluviales como vías naturales de comunicación, y el recorrido es rectilíneo, aunque mucho más abrupto, sobre un terreno sinuoso y encajado del cauce de la Rivera de Valverde por la Sierra de Rite.
            Que el arroyo Helechoso es un paso natural nos lo indica el propio fuerte de Valpajoso, y en la Rivera de Valverde existe otro pequeño fortín romano (Castillejo), sobre un vado que se utiliza incluso hoy día por las pistas forestales. Si este Castillejo fuera de cronología romano-republicana podría plantearse sin dificultad una vía anterior de Riotinto a Niebla, pero lamentablemente no tiene materiales de superficie que confirmen su cronología. De todos modos, sí nos parece elocuente que en esa vía natural se sitúen estos dos castella, Valpajoso y Castillejo.
            Para terminar, lo que nos interesa resaltar de este fuerte de Valpajoso es que bajo nuestro punto de vista no tiene nada que ver con los sistemas de explotación agraria y que de buscarle una explicación lo más razonable es pensar que controle el camino que baja desde Riotinto hacia la campiña de Niebla. Si esta fortificación estuviera relacionada con los primeros asentamientos rústicos romanos, un planteamiento que extraña también por su cronología y por la ausencia de repartos de tierras en época republicana, debería encontrarse en los terrenos de mayor capacidad agrícola y no en el piedemonte de Sierra Morena.
            Lo que sí puede concluirse sin dificultad es que la proliferación de castella que conocemos en las zonas mineras a fines del siglo I a.C., tiene precedentes de la primera mitad del siglo I a.C., como Valpajoso y Castelo da Lousa, cuyas últimas excavaciones demuestran que también su ocupación se remonta a época republicana (Gonçalves y Carvalho, 2004).

             
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RELACIÓN DE FIGURAS.

Figura 1. Situación del fuerte de Valpajoso.
Figura 2. Estructuras superficiales en Valapajoso.
Figura 3. Materiales de superficie de Valapajoso.
Figura 4. Materiales de superficie de Valapajoso.
Figura 5. Propuesta de los caminos de Riotinto a Niebla.


3 comentarios:

  1. Muy interesante el artículo Juan Carlos. Tenía algunas referencias sobre el Castillejo de la Rivera de Valverde pero como asentamiento de la Edad Media, sin embargo al leer esta entrada me gustaría saber si este Castillejo podría estar relacionado con un Castillejo existente unos dos kilómetros al norte (Cerca del Cabezo del Parral y del que no tengo referencias). Un saludo

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  2. Juan Carlos Castilla Soriano te manda la siguiente conestacion que puede aclarar la interpretacion actual acerc a de este tipop de CAstellum , a los que antiguamenteb llamabamso castillejos arabes.

    Me parece que el castillo al que haces referencia es el de El Zau en la Rivera de Valverde, que se ha tenido como de época medieval. Sin embargo, hace algún tiempo realizamos algunos trabajillos de campo en los que hemos localizado algunas fortalezas o casas fortalezas de uso romano. Por ejemplo uno en el Barranco del Castillejo, junto a la Rivera de Valverde y cercano a la conocida revuelta del Risco; otro un par de km. aguas abajo en el meandro que hace la rivera en la zona de El Alcazarejo. Ambos pueden estar en relación con el estudiado por Juan Aurelio y otros de Valpajoso. Supondrían una serie de fortificaciones que controlaban el paso desde las minas de Riotinto hacia Ilipla en época republicana. Esta vía de comunicación sería anterior al momento de máxima explotación de los yacimientos mineros cuando se hace necesario construir el camino que
    pasa por Valverde, que evitaría la difícil orografía de la zona de la Rivera de Valverde.

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